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Trump y los ingleses revalúan el dólar y la libre esterlina y colapsaran dictaduras de izquierda

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05/03/2020 03:34 0 Comentarios Lectura: ( palabras)

Japón se alineará con los Imperios para crecer en su economía y tendrá como escudo al yen para reconectarse con el mundo occidental y aislar a Cuba y Venezuela por sus desagravios

La Tecla Fértil

Estados Unidos empezó a inclinarse desde 1979 por la revaluación de su moneda. Uno de los elementos que contribuyeron a la medida fue el fin de la distensión, que propiciaba el fortalecimiento de las economías europeas. 

Para balancear ese efecto negativo, después de intensos debates, Londres se inclinó por la política de mantener zonas relativamente cerradas de comercio con Europa y las colonias con lo cual, al menos en teoría, se obtendrían las ventajas de la revaluación de la libra sin afectar la balanza comercial. La historia del fracaso de este plan británico se explica en buena medida por la gran dependencia inglesa con respecto al resto del mundo -lo cual hace su experiencia poco comparable con el caso actual norteamericano- y muestra el alto costo de empeñarse en mantener, aún contra la corriente, un patrón hegemónico.

Hacia 1925 la estrategia diseñada por el Banco de Inglaterra hacía agua por todos los costados. Estados Unidos, que desde la salida de la guerra abogaba por un retorno al patrón oro (puesto que empezaba a tener grandes reservas de metal), lanzó una estrategia para neutralizar a los ingleses en dos terrenos claves: la alianza europea y las colonias.

En cuanto a la alianza europea, después de Génova, Gran Bretaña intentó aplicar el GES en el continente. Sus primeros movimientos fueron hacia Austria y Hungría, que quedaron vinculados a la libra por el GES. Pero cuando se propuso incorporar a Alemania al mismo esquema, Estados Unidos movió su influencia para neutralizar la operación. Francia, rival de Inglaterra y en alianza con Estados Unidos, fue pieza clave para los movimientos norteamericanos. Con grandes reservas de oro, fuertes ingresos por las indemnizaciones de guerra y un incremento importante en sus exportaciones de mercancías que competían ventajosamente con los productos británicos, los franceses encontraban más provechoso respaldar las posiciones de Estados Unidos que las de Inglaterra. Mientras Londres acercaba a su política a Austria y Hungría, París montaba los planes estabilizadores en Polonia y Rumania. Hacia 1925 era evidente que el bloque europeo, comandado por Gran Bretaña, había fracasado. Quizá el punto de inflexión se presentó cuando Alemania, siguiendo la tesis norteamericana se adhirió al patrón oro.

A este fracaso en el frente europeo se añadió el de ultramar: Estados Unidos penetró en las colonias británicas. El primer rebelde fue Sudáfrica cuyo gobierno invitó a expertos financieros norteamericanos para que lo asesoraran. Naturalmente, los expertos demostraron en sus informes que Sudáfrica obtendría notorias ventajas si abandonaba los lazos preferenciales con la City londinense y cambiaba sus vínculos financieros a Nueva York. En enero de 1925 y sin previa consulta con Inglaterra, Sudáfrica se adhirió al patrón oro. Canadá y Austria, alegando que la capacidad de financiamiento de Estados Unidos era notoriamente superior a la de Gran Bretaña, iniciaron movimientos para sumarse también al patrón oro.

El aislamiento económico amenazaba a los ingleses: “todos los dominios tendrán comercio con Estados Unidos en base al oro… habría oro respaldando al dólar y no a la libra; esto sería desastroso”, reconocía un documento del tesoro británico de la época. Por fin, haciendo manifiesta su debilidad, Inglaterra se incorporó en 1925 al patrón oro pero, sin abandonar su esperanza de mantener a la libra como patrón hegemónico, fijó la paridad en 4.86 dólares por libra. Seis años después forzada nuevamente por las circunstancias, Gran Bretaña abandonó el patrón oro.

Entretanto, la sobrevaluación de la moneda británica había contribuido a un vertiginoso descenso de sus exportaciones, mientras Francia, Alemania, Bélgica y Estados Unidos avanzaban sobre los mercados que antaño pertenecían a los ingleses.

Sintetizando lo que ocurrió en los años veinte Triffin ha dicho: “En los años siguientes (a la primera guerra), la libre fluctuación de los tipos de cambio fue del todo incapaz de restaurar una estructura competitiva de precios y costos en el comercio de las principales naciones; tampoco pudo inducir la adopción de políticas monetarias compatibles con un grado siquiera moderado de estabilidad en los precios y los tipos de cambio, y en conseguir una suerte de equilibrio sostenible en el comportamiento de la balanza de pagos del mundo. En lugar de ello, la fluctuación estimuló movimientos de dinero especulativo (…) la salida de dinero especulativo de los países de Europa, hacia Gran Bretaña obligó a los primeros a adoptar tipos de cambio fundamentalmente subvaluados y a un tipo sobrevaluado a la segunda, desatando así grandes fuerzas expansionistas en el continente aunque provocando una profunda y repentina disminución en las exportaciones, la actividad económica y el nivel de ocupación en Gran Bretaña”.

EL DILEMA DEL DÓLAR

Conviene recordar aquella historia porque durante los años setenta a los norteamericanos se les plantearon algunos dilemas similares a los que encararon los británicos entonces. El principal de ellos: mantener a toda costa la fortaleza del dólar o devaluar la moneda para ganar competitividad a nivel internacional. En los hechos, durante los años setenta Estados Unidos practicó una política devaluadora de su patrón monetario. (7) Así entre 1970 y 1979 el yen japonés se revaluó en 38.8% y el marco alemán en 49.9% con respecto al dólar

La opción devaluadora para ganar competitividad en el mercado internacional tenía, sin embargo, varios inconvenientes. En primer lugar, contribuía a debilitar al dólar en su pretensión de patrón hegemónico. En segundo lugar, mientras el dólar siguiera usándose en los intercambios internacionales, su devaluación tenía el paradójico efecto de beneficiar a Europa y Japón. En efecto, las importaciones europeas y japonesas de petróleo, con precios en dólar, se depreciaban relativamente con la caída del dólar y se revaluaban relativamente con su ascenso. Cuantificando este efecto, los norteamericanos llegaron a la conclusión de que una revaluación de su moneda equivalente a una caída de 1% en el valor del marco significaba, en 1979/80, un incremento para los alemanes de aproximadamente 700 millones de marcos en el valor de las importaciones petroleras.

En tercer lugar, los gobiernos norteamericanos han tomado siempre en cuenta la correlación inversa que existe entre los movimientos del dólar y del oro: las estadísticas muestran que el debilitamiento del dólar fortalece al oro y viceversa. Toda estrategia basada en un dólar relativamente débil para elevar la competitividad de las exportaciones norteamericanas, se enfrenta entonces a la realidad de que beneficia a los principales productores de oro en el mundo: Sudáfrica y, sobre todo, la URSS.

En cuarto lugar, debe tomarse en cuenta el traspaso, entre los distintos polos, del costo de las políticas acordadas para sostener al dólar. En los años sesenta y comienzos de los setenta las tendencias al debilitamiento del dólar se controlaban, parcialmente, por masivas adquisiciones de esa moneda por los bancos centrales europeos, y en especial por el Banco Central de Alemania. Presionado por la necesidad y por la resistencia de los europeos a continuar oficiando de soportes del dólar, el gobierno de Carter admitió por fin que el dólar debía regularse en atención a las “libres fuerzas del mercado”. En los hechos tal admisión significaba que la función interventora o reguladora quedaba íntegramente en las manos de Estados Unidos: ante una tendencia hacia la depreciación relativa del dólar que la Reserva Federal considerara inconveniente, debía lanzar marcos o yens o francos suizos al mercado para evitar las variaciones en los tipos de cambio.

Este traspaso, que refleja una nueva relación de fuerzas en el mundo, implica una modificación sustancial en la asimetría básica característica del periodo del patrón hegemónico pleno, cuando Estados Unidos imponía su moneda como reserva de los bancos centrales europeos sin que, en contrapartida, la Reserva Federal debiera conservar monedas de Europa y Japón. Ahora, al asumir la función interventora en defensa del dólar, Estados Unidos debía procurarse francos suizos, marcos y yens. Adquiriendo estas monedas en el mercado libre, sobre todo vía la contratación de créditos, toda depreciación del dólar significaba entonces una apreciación de la deuda norteamericana.

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En quinto lugar, deben tomarse en consideración los acuerdos entre Arabia Saudita y Estados Unidos. Desde hace años se mencionan en las revistas especializadas los “acuerdos secretos” entre el Tesoro Norteamericano y la SAMA (Saudi Arabian Monetary Agency). La publicación británica International Currency Review difundió a fines de 1980 y comienzos de 1981, el contenido de esos acuerdos: los sauditas se comprometían a adquirir, con parte de sus excedentes petroleros, títulos emitidos por el Tesoro norteamericano. En los hechos, la operación implicaba un doble financiamiento concedido a Estados Unidos. De una parte, el financiamiento que puede estar asociado a la adquisición de petróleo; de la otra, el compromiso de la SAMA de adquirir títulos norteamericanos. Pero un requisito vital para que los sauditas siguieran colocando excedentes en títulos del tesoro era, precisamente, que la moneda estadounidense no se depreciara continuamente con respecto a otras monedas fuertes. Una estrategia orientada a la devaluación del dólar, sumada a la inquietud que generó entre los árabes el congelamiento de los activos iraníes, afectaba esos acuerdos y ponía en entredicho la influencia norteamericana en Medio Oriente, así como el papel que Estados Unidos ha asumido, desde 1974, en el reciclaje de los excedentes petroleros.

LA OFENSIVA DE WASHINGTON

Según todas las evidencias, Estados Unidos empezó a inclinarse desde comienzos de 1979 por la revaluación de su moneda. Cuán persistente sea este intento y hasta cuándo puedan sostenerlo, es un punto de difícil predicción. Pero es claro que uno de los elementos que contribuyó a la apreciación del dólar fue el fin de la distensión.

En efecto, la distensión contribuía al fortalecimiento de las economías europeas y en particular de la economía alemana y del marco, principal rival de dólar en el mercado internacional. El embargo cerealero decretado por Carter luego de la ocupación soviética de Afganistán y los acontecimientos siguientes (sobre todo la situación en Polonia), que contribuyeron a enfriar las relaciones entre las superpotencias, tuvieron su incidencia en el debilitamiento del marco alemán.

Hacia finales del gobierno de Carter los estadounidenses se lanzaron a la política de tasas altas iniciando lo que se ha dado en llamar “la guerra de la tasas de interés”

En segundo lugar, para fortalecer al dólar era preciso hacer atractivos los depósitos en esa moneda. Los gobiernos estadounidenses vacilaron con frecuencia ante la recomendación de algunos de sus expertos en el sentido de que elevaran sus tasas de interés. Sin duda, la elevación de tasas profundizaría la recesión interna. Por fin, parecen haber llegado a la conclusión de que la medida era imprescindible.

Los partidarios de la medida han razonado en estos términos: profundizando la recesión se abatirán relativamente las importaciones, lo cual contribuirá a mejorar la balanza de cuenta corriente norteamericana; elevando las tasas de interés se estimularán los depósitos en dólares y esto contribuirá a reforzar la moneda.

Hacia finales del gobierno de Carter los estadounidenses se lanzaron a la política de tasas altas iniciando lo que se ha dado en llamar “la guerra de las tasas de interés”. En diciembre de 1980, por ejemplo, los certificados de depósitos a tres meses, en dólares, dejaban un rendimiento 10 puntos por encima que los depósitos en marcos y 15 puntos por encima que los hechos en francos suizos.

El tercer paso en esta estrategia para recuperar posiciones se espera para este año, cuando los bancos norteamericanos -que durante años reclamaron que la Reserva Federal les permitiera convertir a Nueva York en un centro financiero-, inicien con más libertad sus operaciones con no residentes.

En noviembre de 1980 la Reserva Federal anunció que los bancos que operan en Nueva York contarán con “facilidades bancarias internacionales” desde octubre de 1981. “El principal efecto del establecimiento de estas facilidades -comentaba The Banker (febrero 1981) será `repatriar’ parte del mercado de euro monedas hacia Estados Unidos”. Y admitía: “De alguna manera es anómalo que un mercado tan grande esté localizado fuera del país cuya moneda, el dólar norteamericano, es la principal moneda que se usa en el mercado”.

Las predicciones de la revista sugieren que las principales plazas perjudicadas por esta medida de la Reserva Federal serán, precisamente, Londres, Bahamas y Caimán.

Muchas dudas se abren acerca de la viabilidad de esta política revaluadora del dólar. Por una parte, se presume que el fortalecimiento del dólar afectará las exportaciones de Estados Unidos. Por otra, como señalaba Forbes en abril de 1980, “será muy difícil para cualquier gobierno norteamericano mantener las tasas de interés durante la recesión, con todos los costos que implicaría, para la economía interna, sobre el empleo y el producto”.

Pero más importante que estas batallas por recuperar posiciones es desentrañar lo que parecen ser las tendencias que comienzan a perfilarse. Los europeos, como se sabe, apuestan desde hace algunos años al desarrollo global de su Sistema Monetario, que incluye el Fondo Europeo de la Cooperación Monetaria y una moneda propia, el ECU, para desligarse del dólar. Todo parece indicar, asimismo, que los japoneses promueven la formación de la zona yen apoyada en un bloque comercial en el Pacífico. Parecería que la posibilidad del reparto del mundo entre zonas monetarias se refuerza.

En el caso de los europeos, el solo hecho de que dentro de la comunidad se realice un intercambio comercial promedio siete veces superior al que Europa lleva a cabo con Estados Unidos, pone en evidencia el absurdo de que transacciones dentro de la CEE se realicen en dólares, sobre todo cuando esta moneda es inestable y está sujeta a movimientos de depreciación o apreciación, como se ha visto en los últimos años. Por añadidura, con cada variación del dólar los distintos miembros de la comunidad reaccionan en forma dispareja. Ante la depreciación del dólar, por ejemplo, en un primer momento, el gobierno alemán adquirió la moneda norteamericana, en un intento de sostenerla, pero por fin suspendió las compras y dejó que el marco se apreciara. Simultáneamente, otros miembros de la comunidad, preocupados por el impacto que la devaluación del dólar tendría sobre las exportaciones de Estados Unidos (o, lo que es lo mismo, sus importaciones) intentaban devaluar simultáneamente con la moneda norteamericana. Como resultado de las distintas reacciones el propio proyecto comunitario se veía sometido a tensiones. Los intentos por desarrollar el ECU, con el respaldo ponderado de las distintas monedas de la comunidad, se vinculan no sólo al uso de una unidad propia en las transacciones Inter europeas. Se han hecho contactos con algunos países exportadores de petróleo, en particular con SAMA (Saudi Arabian Monetary Agency) para que el ECU se acepte como medio de intercambio y medio de pago en las transacciones petroleras entre Europa y los países árabes. Según la versión europea los árabes habrían demostrado interés.

* Escrito por Emiro Vera Suárez, Profesor en Ciencias Políticas. Orientador Escolar y Filósofo. Especialista en Semántica del Lenguaje jurídico. Escritor. Miembro activo de la Asociación de Escritores del Estado Carabobo. AESCA. Trabajo en los diarios Espectador, Tribuna Popular de Puerto Cabello, y La Calle como coordinador de cultura. ex columnista del Aragüeño

 

 

 

 

 


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Emiro Vera Suárez (1474 noticias)
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