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Somos gente perra

04/09/2018 05:20 0 Comentarios Lectura: ( palabras)

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El curso político (se le llama así, como si fuéramos a aprender algo) arranca y me pilla paseando al perro. Es descendiente (espiritual) del perro Paco, aquel chucho que rondaba Madrí a finales del diecinueve, frecuentaba bares con nobles que le regalaban carne estofada y criticaba funciones de teatro y corridas. Al perro Paco lo mató un torero cuando se coló en mitad del ruedo. Lo sentenció de una estocada. El tío del telefonillo en la cabeza tuvo que salir a hurtadillas, sin entender nada: el pueblo quería ajusticiarlo. Una cosa es navajear a un toro, que bueno, pero a Paco... Como el animal había salido en el periódico, humanizado, nadie se puso a intelectualizar su muerte, a llamarla arte, sentir comunitario, ebriedad del alma. Nadie dijo que fuera una muerte respetuosa, catártica, simbólica, dramatúrgica. Siempre hay clases.

El caso. Mi perro no critica espectáculos sino actualidad. Por ejemplo, le gusta lamerse la huevada mientras miramos el informativo matinal. Cuando aparece Albert Rivera o Torra, no falla, me trae el arnés con la boca y me suplica calle mirándome a los ojos y lloriqueando por la nariz. Pero no es eso lo que quería contar.

Para el provinciano migrado a la capital, tener perro es casi la única forma de hacer barrio. Los ojos de la gente, de pronto, te enfocan. Que tu perro olisquee el culo a otro te legitima como vecino. Dejas de ser atrezo. Se crea comunidad, una comunidad atrofiada, por debajo de la cintura, pero algo es algo. Cuesta memorizar las caras de los humanos que están al otro lado de la correa, uno mezcla la fisonomía del perro con la del dueño. Hay mujeres salchicha; hombres con las orejas recortadas. A los dueños de los bull-dogs cuesta mirarlos sin mofarse.

Hay normas rígidas dentro de esa micro sociedad de parque y esquinas úricas. Bloqueos, timideces, cerrazones. Apenas se ahonda en nada que trascienda lo canino. Preguntar el nombre a la persona resulta violento. Los dueños acaban siendo bautizados por el nombre de la mascota: la Potita, el Sky, la Pipa, el Toby... La identidad humana se disgrega. Tener perro evidencia una realidad: es inútil salir a la calle con una estudiada performance de ti mismo, no puedes controlar tu imagen ni la impresión que creas.

El perro es una excusa. Le ponemos correa para crear otra correa ficticia y amable que conecta los cuellos de las personas. A veces, te cruzas con alguien que usa cadena correctiva y vuelves a casa con sabañones en la nuca. Pero hay dilemas, como cuando te encuentras a un dueño solo. De pronto, la ves como una criatura defectuosa, hostil. Se rompen todos los acuerdos de convivencia. Alguien debería legislar sobre cuántos husmeos anales, cuantos intentos de montar de tu perro a otro (y viceversa) te habilitan para saludar y hablar con su dueño sin la mediación canina.

Arranca el curso político, veo el telediario matinal, toca vía crucis electoral, y eso hará que nuestros hombres públicos nos obliguen a verlos como quieren que los veamos. No permitirán que ningún ápice de la realidad matice su imagen diseñadita, estratégica. Mi perro se lame frente a la tele. Aparece el Valle de los Caídos. Me trae el arnés. Quiere mear.


Sobre esta noticia

Autor:
Criticic (2156 noticias)
Fuente:
ctxt.es
Visitas:
1750
Tipo:
Reportaje
Licencia:
Creative Commons License
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