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Recuperar lo robado

14/05/2018 00:10 0 Comentarios Lectura: ( palabras)

Por esta poderosa razón será muy difícil de conseguir un testimonio a favor de la verdad histórica, porque quienes estén obligados a contarla tendrán la bolsa repleta de riquezas que jamás hubieran conseguido ni con una vida de trabajo honrado

Recuperar los 60 mil millones de dólares robados durante la revolución ciudadana exige reconstruir la red de actores por la que circuló la información y los recursos, pero hay algo que dificulta ese trabajo que se resume en la llamada “lealtad revolucionaria” y que se manifiesta en un complejo hermetismo.

Es imposible explicarse tanta opacidad sin pensar en las formas para conseguirla durante toda la década ganada. En una organización electoral como Alianza País, vaciada de contenido ideológico o de compromisos programáticos, la disciplina partidista es imposible de encontrar. Entonces ¿qué hacía posible esa sólida lealtad de los militantes más fanáticos de tal manera que facilitara su complicidad con la corrupción? La única forma parece ser la sumisión a través del chantaje.

Tratándose de una organización compuesta mayoritariamente, y a partir de su consolidación, por arribistas, entonces se puede presumir que a estos hábiles escaladores, al llegar a la cúspide de la autoridad, les ofrecieran privilegios de poder, cargos públicos a su disposición, lujos, viajes, guardaespaldas, choferes, funcionarios adicionales, licencias para el nepotismo, en los casos más decentes, pero en otros les dieron hasta contratos a dedo, sobresueldos, sobornos y autoridad para manosear el poder y utilizarlo en venganzas personales. Entonces, ya bien metidos en ésta pocilga, resultaba fácil chantajear a estos revolucionarios de pacotilla con cortar la concesión de privilegios o, directamente, encausarlos bajo los cargos de corrupción como sucedió con una asambleísta encerrada por cobrar a nombre del mandatario también preso. Aquí los jueces de la revolución harían su parte y “qué roben todos, menos la Esperanza”.

Y así el mayorazgo se consolidó en torno al canje y a la extorción, cuyo intercambio consistía en ofrecer devoción, complicidad y fanatismo a cambio de migajas y el paraíso de una estabilidad que debía durar trescientos años, decían. Mientras tanto, otros se llevaban la patria en peso y los lingotes de oro a Dubái.

En unos casos debe ser auténtica enajenación. Debe haber gente que sin haber recibido nada, absolutamente nada a cambio, se haya tragado esa enorme rueda de molino de la falsa revolución y haya creído en el discurso del “todo para el pueblo, nada para nosotros” después del histórico robo a las arcas fiscales que las autoridades de control empiezan a desvelar.

Es imposible explicarse tanta opacidad sin pensar en las formas para conseguirla durante toda la década ganada

Por esta poderosa razón será muy difícil de conseguir un testimonio a favor de la verdad histórica, porque quienes estén obligados a contarla tendrán la bolsa repleta de riquezas que jamás hubieran conseguido ni con una vida de trabajo honrado. Repetirán como loros lo de siempre: que el proceso, que el proyecto, que la revolución, que la patria, que los pobres. Usarán los mismos estribillos de siempre. Canallas.

Y quedan también los antiguos revolucionarios, los desencantados, los responsables colaterales del mayor atraco a las arcas públicas que verá jamás la Historia republicana, tal vez solo comparable con el rescate, destronamiento, asesinato y desfalco al Inca Atahualpa, rey del Tahuantinsuyo. De estos se puede decir poco: que fueron engañados como la mayoría de ecuatorianos y que, felizmente, se separaron del proyecto totalitario, algunos más temprano que otros, pero sí que le dieron, conscientemente, el sustento para su crecimiento autoritario. Los últimos en separarse y que se fueron en protesta por no recibir una tajada proporcional a sus ambiciones o los que después de haberla recibido se despidieron de la revolución para intentar disfrutar de su repentina fortuna, son igualmente unos canallas.  

En medio, entre el griterío de los canallas, los fanáticos, los enajenados y los desencantados, están decenas de miles de funcionarios decentes de todos los niveles que no hubieran intervenido libremente en esto y que fueran obligados durante la década ganada a participar en los tumultos destinados a justificar el despilfarro, el abuso y la corrupción.   

Mirando así las cosas es más fácil entender por qué los defensores más fanáticos de la revolución están todo el tiempo tan bravucones. Son como fieras salvajes defendiendo su presa, con las fauces chorreantes de sangre, de la sangre del pueblo, mostrando sus colmillos filosos y sus ojos saltones de resentimiento, porque ahora les toca devolver la mirada desde el cautiverio, el anonimato y la vergüenza. Están abstemios de violencia, como el iracundo del ático, que antes, en ese ritual macabro de purificación sabatino de las almas revolucionarias, acribillaba al discrepante en calumnias de rango presidencial. El sumo sacerdote de esta barbarie pronto tendrá que pagar por el mal uso de recursos públicos en una finalidad privada como ésta y por las mentiras televisadas en señal abierta y en horario familiar proferidas en contra de personas que no podían responder por los mismos medios.

Los más fanáticos defensores de la década de la estupidez defienden sus privilegios, sus riquezas, su predestinación a abusar y es difícil que se delaten en contra de sus lujos, mientras los demás, los ciudadanos, sin el mismo poder, autoridad política, o ínfulas, defendemos derechos. 

Los más fanáticos defensores de la década de la estupidez defienden sus privilegios, sus riquezas, su predestinación a abusar

@gahidalgoandrade 


Sobre esta noticia

Autor:
Gabriel Hidalgo Andrade (290 noticias)
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Opinión
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