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¡Perro mundo!

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01/04/2018 05:04 0 Comentarios Lectura: ( palabras)

Crónica 1: Mi infancia son recuerdos de una acera de Madrid y un cajero automático

Por LOPE, el mejor amigo del hombre

Mi historia no es tan mala como la de otros. Soy un Jack Russell que alguien abandonó de cachorro en una caja de zapatos junto a un contenedor. Mi primer amo me encontró allí con frío y hambre en una noche de perros, según dijo él que llevaba dos forros polares, un plumas y un gorro calado hasta las cejas. Me dio un poco de pizza que sacó de una bolsa. La curiosidad me llevó a meter la nariz dentro y descubrir más pedazos mordisqueados y también restos de hamburguesas y patatas con kétchup. Entonces no sabía lo que era todo eso, pero me encantó. Con el tiempo fui aprendiendo los nombres de las cosas. Como decía mi amo, los de mi raza somos muy listos. No entendía por qué me abandonaron en lugar de venderme.

Aquella fue mi primera noche con él. Conseguimos pasarla en un cajero de Bankia, envueltos en unas mantas sobre cartones que mi amo llevaba en su carrito de supermercado. Me pegué a su regazo y estuve ahí hasta el amanecer. Mi amo dijo que había que pirarse antes de que abrieran la sucursal del banco. ¡Ladrones! Son todos unos ladrones que te chupan la sangre con la hipoteca y al menor impago te desahucian.

No sé por qué diría eso pero yo, a lo mío. Recordé que en la bolsa de comida había muchas cosas ricas y metí el hocico de nuevo para hacerme con alguna. Él me sacó sin contemplaciones, aunque yo permanecí pegado al trozo de hamburguesa que había atrapado.

Pasamos el día juntos de aquí para allá. Yo iba montado en el carro de la compra. Era pequeño y me cansaba de andar. Cada vez que mi amo se encontraba con alguien conocido, que miraba para otra parte al pasar por nuestro lado, me contaba cosas de su vida anterior. Casa, coche, trabajo, familia. Mi antiguo amo se había rayado con la coca y el whisky de malta, según contaba. En cambio, cuando lo conocí, se pasaba buena parte del día pegado al tetrabrik de Donsimón. Una vez me hizo beber un poco para que me durmiera y lo dejara en paz. Todo me daba vueltas y me desperté con dolor de cabeza. Decididamente, prefería la comida basura.

Con mi antiguo amo pasé más o menos mi primer año de vida. Hablaba conmigo como si yo fuera una persona. Le obsesionaba el concepto de ciudad global, esas grandes áreas metropolitanas —decía con la mirada perdida en el tetrabrik— desde las que se dirige y controla la economía mundial. Hablaba sin parar de lo mismo sin acordarse de que teníamos que comer. Yo era un cachorro y tenía hambre pero él, blablablá, blablablá… ciudades transnacionales donde están las sedes de las principales instituciones financieras y centros de poder mundial... blablablá, blablablá…

No me quedaba otra que escucharlo atentamente, aunque a menudo no podía evitar que se me cayeran los párpados y bostezar al estilo perro. Entonces me daba una colleja y me despabilaba para seguir contándome sus historias. Le molestaba hablar al vacío, que se perdieran sus palabras en el viento frío y sucio de Madrid —argumentaba después del pescozón—. Y continuaba con sus reflexiones sobre las ciudades globales, esos lugares donde se genera una información privilegiada, vital para la toma de decisiones de alto nivel político y financiero. Sin duda —terminaba afirmando—, son la médula espinal del sistema económico tardocapitalista que nos asfixia y nos devora por todas partes —a veces me costaba seguirlo—. Y para que te enteres, chaval —añadía a la vez que me daba una colleja de propina—, Madrid es una ciudad global de categoría alfa, donde las élites extractivas nos hunden en la miseria.

Yo tenía la impresión de que lo decía con ira pero también con el resentimiento de quien no estaba ya en la pomada de esa ciudad global que tanto le obsesionaba, sino tirado por sus aceras y durmiendo con suerte en algún cajero automático.

A menudo los humanos son complejos y contradictorios. En cambio, los perros somos simples y directos. Nosotros no vivimos en el pasado ni en el futuro, sino tan solo en presente. Los perros necesitamos saber qué debemos hacer y qué no, con claridad. Así que con la pedagogía de las collejas mi amo me enseñó que yo tenía que asentir con la cabeza cada vez que él me preguntaba: ¿lo entiendes, chaval? El tipo había impartido clases en no sé qué Business School. Presumía de haber sido un analista financiero muy cotizado. Después de unos días de adiestramiento intensivo, acabé haciéndolo. Escuchaba a mi amo con atención sentado frente a él, mirándolo fijamente y asintiendo cada vez que me daba la orden. De ese modo consiguió un interlocutor, alguien con quien desahogar la pena y la acidez de sus últimos días.

Con Mariano Rajoy o M. Rajoy —yo no sabía si se refería a un solo político o a dos— tocaba sentarme sobre los cuartos traseros y taparme la nariz con las dos patas delanteras

Aunque no fue eso lo único que aprendí con él, me enseñaba todo lo que se le pasaba por la cabeza, incluso los nombres de los principales políticos españoles y lo que tenía que hacer cuando alguien los pronunciara.

Con Mariano Rajoy o M. Rajoy —yo no sabía si se refería a un solo político o a dos— tocaba sentarme sobre los cuartos traseros y taparme la nariz con las dos patas delanteras. Según mi amo, la gente que lo votaba hacía eso.

Al oír Albert Rivera, tenía que ponerme de pie sobre las patas traseras y luego saltar a la pata coja con la derecha. Mi amo decía que era lo más parecido a representar la muleta naranja del PP.

Con Pedro Sánchez debía andar con las traseras y mover las delanteras y la cabeza al estilo Geyper Man, lo más ortopédicamente posible. No sé qué era eso, pero a él le hacía mucha gracia. Decía que los tíos Geyper fueron juguetes de su infancia.

Con Pablo Iglesias, la representación era más de gimnasio —bromeaba—. Erguido sobre las patas traseras y sin dejar de moverme tenía que gruñir a la vez que mantenía las patas delanteras en posición de boxeo y atizaba algún derechazo al vacío.

¡Él sabría por qué me enseñaba esas cosas!

De todo lo que aprendí con él, lo más productivo fue hacerme el muerto. Cuando pasaba por delante algún transeúnte que se fijaba en mí, entonces mi amo le pedía una limosna para su pobre perro que estaba medio muerto de hambre. Al oír eso, yo tenía que tirarme al suelo haciéndome el muerto, pero con un ojo abierto y tocándome la barriga con la patita delantera izquierda mientras extendía la derecha para coger la moneda.

Todos tenían alguna palabra para mí. ¡Una monada, qué perro tan listo, pobre animal o qué explotación! Y dejaban por lo menos un euro, o bien amenazaban a mi amo con avisar a la protectora de animales. Algunas mujeres con niños regresaban con una bolsa de pienso o chuches para perro. Otros le preguntaban a mi amo qué me gustaba comer y él se apresuraba a decir que los donuts de azúcar. Curiosamente, cuando nos regalaban algún paquete, se los comía todos y a mí no me quedaban ni las migajas. ¡No se le caía ni una! Y es que yo era su Lazarillo —argumentaba—. Tienes que espabilar, chaval, yo no estaré siempre a tu lado para solucionarte los problemas —añadía dejando que chupeteara el plástico de la envoltura.

Y así fue. Murió de cirrosis y melancolía. La melancolía era una palabra que él empleaba a menudo y que yo no acababa de entender. Me quede junto a su cadáver lamiéndole la cara, por si acaso lo reanimaba. Estuve así hasta que lo retiraron de la acera los servicios de emergencia y me llevaron a la perrera.

Continuará...

 


Sobre esta noticia

Autor:
Lope Lopez (7 noticias)
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Tipo:
Opinión
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