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El perro que se comió los deberes de Cifuentes

07/04/2018 08:00 0 Comentarios Lectura: ( palabras)

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De todos los animales mitológicos de la infancia, mi preferido nunca fue el gamusino, azote de cazadores novicios, ni tan siquiera el coco, que acechaba las cunas de los niños insomnes. Mi animal mitológico favorito, con permiso del hombre del saco y la bruja piruja, siempre fue el perro que se comía los deberes de los alumnos poco aplicados, aquellos que no solamente profesaban la pereza escolar sino que además renunciaban a la molestia de fabricar una coartada verosímil. Uno intenta imaginar las dimensiones bíblicas del perro que se comió el trabajo de fin de máster de Cristina Cifuentes y no puede menos que echarse a temblar solo de pensar en que semejante fiera silvestre pueda vagar en libertad sembrando el pánico por las calles y engullendo al buen tuntún nuestros tochos académicos con el apetito insaciable de un gargantúa.

En este tocomocho institucional y universitario poco importa ya el bochorno acalorado de la presidenta, el enroque numantino en el cargo, la perpetua huida hacia adelante made in Génova o la desvergonzada sucesión de caras de cemento que han defendido lo indefendible ante el peso abrumador de las evidencias. Tampoco importan mucho los aspavientos impostados de la bancada naranja, que aguarda agazapada el momento más oportuno para asaltar el trono y reemplazar a la reina. Al fin y al cabo, el silencio es una forma cobarde pero también eficaz de abordar las crisis políticas. Al fin y al cabo, nos instruyeron en la tradición literaria de la novela picaresca y ni la trampa ni el cartón nos parecen vicios abominables merecedores de castigo sino más bien los atributos necesarios para la astucia de la gobernanza.

El Cifuentesgate viene a confirmar la caricatura de una clase dirigente que predica la cultura del esfuerzo pero milita en la incultura del enchufe

Existen, sin embargo, otras implicaciones mucho más escandalosas. El Cifuentesgate viene a confirmar la caricatura de una clase dirigente que predica la cultura del esfuerzo pero milita en la incultura del enchufe, la carta de recomendación, el pedigrí familiar y el compadreo de misa de doce. Entre seminarios de emprendizaje y desfiles legionarios, la lumpenaristocracia española lo mismo se abanica la peineta con sus títulos de marquesado que se da a la fuga en un Toyota que nos vende el timo de la estampita de un palmarés académico que jamás ha existido. Pero es que el Cifuentesgate no solo forma parte de un nuevo episodio de podredumbre en la casta gobernante, sino que además desvela una trama de encubrimientos y complicidades que infaman el buen nombre de la universidad pública.

El perro que se zampó los deberes de Cifuentes no es un raquítico chihuahua ni un caniche ni un perro faldero ni un perro patada. La bestia parda que trituró el TFM de la presidenta es un monstruo cancerbero de tres cabezas que extiende sus zarpazos mucho más allá del chanchullo administrativo y el chascarrillo parlamentario. Porque el affaire Cifuentes viene a explicar, entre otras cosas, la estrategia política de la capillita liberal española, que nunca renunció a su conciencia de clase, y un modelo educativo diseñado para restringir a la mayoría trabajadora el acceso a los estudios superiores y a sus espacios de poder. Los ámbitos de gestión pública son sangrientos campos de batalla y esto, damas y caballeros, esto es la guerra.

En abril de 2012, cuando Cristina Cifuentes cumplía dos trimestres de absentismo escolar en la Universidad Rey Juan Carlos, el gobierno de Rajoy anunció un incremento de hasta el 66% para las tasas universitarias. Aún no sabíamos que el ministerio de Educación terminaría firmando un recorte de 258 millones en becas en apenas un par de cursos. Aún no sospechábamos que decenas de miles de alumnos terminarían abandonando una universidad que no podían permitirse el lujo de pagar. Así era 2012: la Troika imponía la asfixia por decreto, el ministro Wert mutilaba el sector educativo, la delegada del Gobierno hacía novillos en el máster de Derecho Autonómico y los estudiantes y los profesores degustaban en las calles los porrazos policiales de la austeridad.

Con el tiempo, España pudo presumir de ofrecer algunas de las matrículas universitarias más caras de Europa mientras abonaba salarios por debajo de la media comunitaria y los trabajadores batían todos los récords de temporalidad y pérdida de poder adquisitivo. El objetivo no era otro que desvalijar el sistema público y apuntalar una Unión Europea de usureros y esclavos. Cuando las estadísticas delataban que el precio medio de un máster en España rondaba los dos mil euros mientras que en Alemania costaba apenas cincuenta, resultaba tentador deducir que los jóvenes españoles no solamente parecían condenados a abandonar los estudios para fregar los platos de los turistas alemanes, sino que además estaban condenados a pagarles la carrera.

El perro que devoró los deberes de Cifuentes es el abuso del capital, la omertá de la mafia gobernante, el salvoconducto de los apellidos ilustres y la licencia del poderoso para la carcajada impune en horario de máxima audiencia. El perro que masticó los deberes de Cifuentes es el hampa financiera y sus correveidiles parlamentarios, la cartera ministerial que arruinó Wert, los gerifaltes universitarios que participan del fraude. El perro que se tragó los deberes de Cifuentes es el Partido Popular que nos gobierna y Ciudadanos que lo sostiene. Algo sé de animales mitológicos y todos ellos son, por mucho que no ladren, el mismo perro con distinto collar.


Sobre esta noticia

Autor:
Criticic (2156 noticias)
Fuente:
ctxt.es
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Tipo:
Reportaje
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