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Leonel RoblesMiembro desde: 03/01/13

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18/02/2020

A continuación reproduzco una breve crónica que hice sobre una entrevista al cantautor David Haro. Aunque esta entrevista se realizó hace tiempo creo que no ha perdido vigencia. Ojalá abone para que se siga escuchando la música de este singular y magnífico artista veracruzano

A continuación reproduzco una breve crónica que hice sobre una entrevista al cantautor David Haro. Aunque esta entrevista se realizó hace tiempo creo que no ha perdido vigencia. Ojalá abone para que se siga escuchando la música de este singular y magnífico artista veracruzano.

Llegamos con un poco de retraso. Ángel Rueda, amigo del entrevistado,  Juan Martínez, periodista, un estudiante de la Universidad, Salvador Barrera, y yo. Eran las siete y media de la noche, habíamos acordado estar

en su casa, en la colonia Condesa, media hora antes. Subimos tres pisos en un elevador claustrofóbico, evitando mirarnos directamente a los ojos como por temor a dejar escapar nuestros pensamientos que, seguro, estaban fijos en un mismo punto, o por ese extraño comportamiento del mexicano en los lugares reducidos y cerrados.

La intimidad es sólo nuestra y no la compartimos ni con nosotros mismos. Era verdad, pero también lo era el que de pronto ya estábamos instalados en una pequeña sala, de un también pequeño apartamento con una música de fondo y dos personaje platicando como si nos conociera de toda la vida. Sí, habíamos encontrad a David Haro charlando amenamente con un amigo de quien, ahora, no recuerdo su nombre, pero que en ese momento llegué a pensar que bien podría llamarse Julio César Oliva, y que no hubiera estado mal que se quedara a participar en nuestra entrevista o que continuaran platicando en su estado más puro, como si no existiéramos, poder mostrar, así con alevosía ventaja, los laberínticos juegos entre el artista y sus demonios. Desnudarlos, pues, para bien o para mal. ¿No habrá algo de esto en los reporteros de revistas de moda cuando andan tras la nota de los personajes del mundo del espectáculo y poder ganar un dinero extra o por lo menos la permanencia en el trabajo?

«No la vayan a reproducir en internet porque me chingan», fue lo último que nos dijo mientras el elevador nos abría su fea puerta

Pronto me daría cuenta que, como ciertos escritores que no saben disociar la literatura de temas aparentemente alejados de la literatura, David construye su universo desde la música y lo cierra con la música aun cuando el centro de la espiral poco guarde en común con dicho tema. Sin embargo, el amigo rápidamente se despidió y, mientras preparaban la cámara, David hizo unos comentarios vagos acerca de la desventaja en que se encontraban los músicos independientes ante la tecnología que se requiere para la fidelidad con que se escuchaba el disco que en ese momento se escuchaba. Creo que dijo eso, aunque no importaba en es instante o creí que no importaba porque pensaba en Una habitación propia, libro de Virginia Woolf, y en las pequeñeces que necesita el artista cuando es artista para crear un mundo donde el mundo irremediablemente se sumerge.

Mis compañeros platicaron con él mientras Virginia Woolf me aconsejaba releerla porque no recordaba qué otras cosas necesitaba un artista además de una habitación propia para poder crear. Veía de reojo a David y estaba tentado a iniciar la entrevista con la siguiente pregunta:

¿Has leído a Virginia Woolf?

¿Ah ¿no?, ¿Entonces como te hiciste de este departamento si no fue pensando en lo que te dictaba la maestra inglesa?

Desde luego nunca se lo pregunté.

La entrevista se realizó. Supongo que le hicimos algunos cuestionamientos interesantes otros que bien podrán omitirse. Lo cierto es que salimos de su espacio territorial dos horas más tarde. La noche y la ciudad nos aguardaban. Las calles por donde transitamos tenían otro sabor y color, su olor era distinto. Y cómo no si todavía vibraba en mis oídos la canción con que, a manera de saludo, el artista nos había despedido.

¿Ah ¿no?, ¿Entonces como te hiciste de este departamento si no fue pensando en lo que te dictaba la maestra inglesa?

«No la vayan a reproducir en internet porque me chingan», fue lo último que nos dijo mientras el elevador nos abría su fea puerta.

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