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José Angel BarruecoMiembro desde: 08/11/10

José Angel Barrueco

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Hace 5d

MALETA

Cracovia nublada por la mañana, las colinas humeaban.

En Múnich llovía, los Alpes, invisibles

y pesados, descansaban en los valles como piedras.

Hasta Atenas no vimos el sol que

provocó que el aire, todo el aire,

toda una inmensa flota de aire

se transformara en oro tembloroso.

Como dicen los escritores religiosos: de repente

me convertí en otra persona.

Soy tan sólo un turista en el mundo visible,

una de entre esas miles de sombras que

deambulan por las salas inmensas de los aeropuertos,

y detrás de mí como un perro fiel con sus pequeñas ruedas

tengo a mi maleta verde.

Soy tan sólo un turista distraído,

pero amo la luz.

**

ACERCA DE MI MADRE

Acerca de mi madre no sabría decir nada,

cómo repetía vas a lamentarlo

cuando ya no esté, y yo no creía

ni en ya ni en no esté,

cómo me gustaba mirarla leyendo una novela de moda,

yendo directamente al último capítulo,

cómo en la cocina, donde pensaba que no era un lugar

adecuado para mí, preparaba el café del domingo,

o, lo que era aún peor, un filete de bacalao,

cómo esperaba a que llegaran los invitados y se miraba

al espejo, haciendo aquella cara que la protegía tan bien

de mirarse cómo era realmente (por lo que parece, eso

lo cogí de ella, igual que otras debilidades),

cómo hablaba con soltura de las cosas

que no eran su fuerte, y cómo tontamente

la hacía rabiar, como aquel día que se comparó

con Beethoven, al perder el oído,

y yo le dije, cruel, pero sabes, él

tenía talento, y cómo me lo perdonaba todo

y cómo lo recuerdo todo, y cómo volé de Houston

a su entierro y no supe decir nada,

y sigo sin saberlo.

**

ESE DÍA

Ese día cuando te llega la noticia

de que ha muerto alguien cercano, un amigo, o alguien

que no conocíamos pero que admirábamos en la distancia;

ese primer instante, las primeras horas: él o ella están muertos,

parece como seguro, inevitable, tal vez incluso

justificado, confiamos (de mal grado) en la persona que nos lo anuncia

por teléfono, desesperada, o tal vez en el locutor de una emisora

indiferente, pero no podemos creerlo,

no podemos aceptarlo por nada del mundo,

porque todavía no ha muerto (para nosotros), no ha muerto,

él (ella) ya no está, pero todavía no ha desaparecido

para siempre, todo lo contrario, parece que esté en el punto

más álgido de su existencia, sigue creciendo,

aunque ya no esté, sigue hablando,

aunque ya haya enmudecido, sigue triunfando,

aunque ya haya perdido, ha perdido su batalla (¿contra qué?

¿contra el tiempo? ¿contra el cuerpo?), pero no, es mentira, ha vencido,

ha alcanzado la plenitud, la mayor plenitud posible,

está tan pleno, es tan grande, tan admirable que no cabe

en la vida, hace estallar los vasos frágiles de la vida,

domina sobre los vivos como si estuviera hecho

de otro material, del bronce más resistente,

pero al mismo tiempo empezamos a dudar,

tenemos miedo, inferimos, sabemos

que al instante aparecerá el silencio

y un llanto impotente.

[Acantilado. Traducción de Xavier Farré]

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