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Gabriel Hidalgo AndradeMiembro desde: 27/08/09

Gabriel Hidalgo Andrade

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El ganar una disputa con argucias, trampas o zancadillas está perfectamente aceptado en gran parte de cualquier sector de la política porque es considerado como un acto de emancipación de los pueblos marginados en contra de los poderosos

El 22 de junio de 1986 se celebró el encuentro futbolístico por semifinales de la Copa del Mundo en México. En el Estado Azteca se enfrentaron Argentina e Inglaterra por las semifinales. Al iniciar el segundo tiempo se produjo una jugada inusitada, un carismático delantero argentino marcó un extraño gol que parecía de cabeza y que dejó asombrado al arquero Peter Shilton, 20 centímetros más alto, y que saltó con notable superioridad y con los brazos extendidos hacia el balón.

El réferi tunecino Ali Bennaceur validó el gol tras pedir consejo al juez de línea. Argentina se proclamó campeón y el autor de esta pieza se convirtió en el mejor jugador del mundo, después de derrotar a Bélgica y a Alemania Federal, en ese orden, pocos días después.

En 1986 estaba todavía abierta la herida por la fatídica Guerra de las Malvinas cuya derrota para Argentina precipitó el derrumbe de la dictadura de Leopoldo Galtieri y el retorno a la democracia con las elecciones de 1983. La derrota fue un golpe al orgullo argentino y latinoamericano y la victoria del equipo de fútbol gaucho sobre los ingleses fue vivida como una forma de reparación.

La opinión pública vitoreó a Diego Armado Maradona, elevado a los altares del heroísmo continental, convertido desde entonces en héroe, símbolo y ejemplo para las juventudes. Generaciones de jóvenes deportistas de todas las disciplinas o hasta de cualquier oficio encontraron en esta astucia el símbolo de la latinoamericanidad. Encontraron en la picardía de la trampa una identidad común. La historia recuerda a la hazaña de anotar un gol con la mano como “la mano de dios” sugiriendo que el mismo Dios consiente el ganar con engaños.

Hoy, Maradona es símbolo de la izquierda chavista y de que el ganar una disputa con argucias, trampas o zancadillas está perfectamente aceptado en gran parte de cualquier sector de la política porque es considerado como un acto de emancipación de los pueblos marginados en contra de los poderosos. Como Argentina en contra de Inglaterra en el mundial del 86. ¿Por qué endiosamos a los tramposos?

Nunca más un político, un artista, un deportista, un juez debe mirarse con admiración cuando ha cometido un abuso, para escalar, para ascender, para ganar

Los países del continente americano nos encandilamos con los liderazgos descollantes. Esto podría deberse a la masificación del sistema presidencialista y a nuestra tendencia por la concentración del poder como fórmula para la solución de los problemas periódicos. Entonces la política prefiere a las personas de acción, vanidosas, egoístas y astutas, que serán perdonadas de estas y de otras faltas más graves cuando consiguieran grandes resultados. Como una copa mundial, victorias en elecciones consecutivas, la persecución del odiado enemigo o la edificación de infraestructura faraónica, por ejemplo.

Son estas justificaciones las que permiten que la corrupción se extienda cuando detrás, por ejemplo, se sostiene un proceso modernizador. Entonces, los políticos se llenan la boca de palabras altisonantes como revolución, proyecto, pueblo o dignidad y mientras tanto, sin sonrojo, se llevan a los bolsillos el dinero público, todo para desbancar el obstruccionismo de las viejas élites, también corruptas. Así se convierten en eso que juraron combatir para luego buscar perpetuarse en el poder, todo hasta que llega una nueva clase política y el ciclo se reinicia.

En las elecciones, los cargos representativos de algunas de las grandes organizaciones partidarias cuestan mucho dinero. Los candidatos se endeudan y si ganan llegan hipotecados a ocupar su puesto. Ya en el poder buscan recuperar el dinero invertido, entonces vuelven a cobrar en favores o en dinero a sus ayudantes o remendados, y el círculo se vuelve un negocio. Si a usted le cobraron y pagó, fue parte de la maquinaria de la corrupción.  

Esto no es nuevo. Marco Tulio Cicerón, cónsul de la República Romana, dijo medio siglo antes de nuestra era que “quienes compran la elección a un cargo se afanan por desempeñar ese cargo de manera que puedan colmar el vacío de su patrimonio”. Treinta siglos después esto se entiende como que “quien paga para llegar, llega para robar”, cuyo parafraseo corresponde a Carlos Gaviria, senador y presidente de la Corte Constitucional colombiana.

En este punto la lucha es cultural. Nunca más un político, un artista, un deportista, un juez debe mirarse con admiración cuando ha cometido un abuso, para escalar, para ascender, para ganar. Si toda la sociedad proscribiera estas acciones en lo personal, ya no solo en lo político, artístico, deportivo o en lo profesional, tendremos generaciones que admiren la decencia, la honradez y el orden. Tendremos una sociedad donde unos se avergonzarían por haber visto en alguien a un héroe y donde otros verán en el mismo a un ladrón por haberse anotado, con la mano, un gol. 

Son estas justificaciones las que permiten que la corrupción se extienda cuando detrás, por ejemplo, se sostiene un proceso modernizador

@ghidalgoandrade

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