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14/08/2017

image Edición: Alba, 2011 (trad. Catalina Martínez Muñoz) Páginas: 579 ISBN: 9788484281559 Precio: 28, 50 € (e-book: 9, 99 €)

A lo largo de su carrera, Thomas Hardy (Dorset, 1840 ?1928) dio forma a un corpus literario muy personal de novelas que recrean el campo del condado en el que se crió, rebautizado en la ficción como Wessex. No ofrece una perspectiva idílica del mundo rural, sino que más bien se le conoce por sus personajes desdichados y el pesimismo reinante de títulos como Los habitantes del bosque (1887), Tess, la de los d'Uberville (1891) y Jude el Oscuro (1895), influenciados por sus lecturas de Charles Darwin y Arthur Schopenhauer. En este sentido, Lejos del mundanal ruido (1874), uno de los primeros libros de la serie, puede considerarse, como señala la contracubierta de esta edición, «la más amable de sus obras maestras». No, todo lo que acontece aquí no es hermoso; los personajes conocen el infortunio, la degradación y la muerte. El entorno, con sus rígidas costumbres, a menudo se vuelve en contra de los intereses individuales. Aun así, es posible percibir la esperanza en el futuro. Y, también, el humor inteligente, que salpica la historia con una fina ironía y referencias cultas (como Shakespeare y la Biblia, tan frecuentes en la literatura decimonónica). Bathsheba Everdene: mejor soltera

Hasta que conoció a [...], se había sentido orgullosa de su posición como mujer: era una bendición para ella saber que sus labios no habían sido tocados por ningún hombre en la tierra, que su cintura jamás había sido rodeada por los brazos de un amante. Ahora se odiaba a sí misma. En otro tiempo había albergado un secreto desprecio por las muchachas que se convertían en esclavas del primer hombre guapo que les dijese algo. Nunca le había agradado la idea del matrimonio en abstracto, como a la mayoría de las mujeres a quienes conocía. Sumida en un torbellino de pasión por su amante, había aceptado casarse con él, pero, incluso en los momentos más felices, sentía que se había sacrificado, en lugar de ganar y recibir honores.

Narrada en tercera persona, Lejos del mundanal ruido dista mucho de ser una novela de un solo personaje (de hecho, incluso los protagonistas son dejados de lado cuando la trama requiere prestar atención a los secundarios); con todo, en el centro del conflicto hay una mujer, Bathsheba Everdene, una joven de armas tomar que ha sido señalada como una heroína precursora del feminismo y que el autor compara con la diosa Diana. En su primera intervención, llega al pueblo para instalarse con su tía y apenas tiene dinero para pagar el peaje (la ayuda Gabriel Oak, un pastor de la zona), aunque, eso sí, se muestra orgullosa y no flaquea ante la adversidad, tiene un temperamento que pocos soportan («El defecto más emblemático de esta mujer era su excesiva dureza al criticar y su escasa tendencia a elogiar», p. 228). Sin embargo, pronto su suerte cambia: hereda la granja más importante de la localidad y de la noche a la mañana se convierte en una próspera propietaria. Es extraño, ver a una chica al mando de una propiedad; pero Bathsheba, terca, está dispuesta a sacarla adelante sin ayuda. «Es difícil para una mujer definir sus sentimientos en un lenguaje creado principalmente por el hombre para expresar los suyos» (p. 512), escribe Hardy, que no obstante analiza a la perfección la psicología del personaje, las contradicciones que entraña el amor, en unas reflexiones que siguen vigentes. Bathsheba tiene una particularidad: no quiere casarse. Como algunas solteronas de Henry James, valora demasiado su independencia y su libertad como para renunciar a ellas por un esposo: «No sé por qué ha de buscar marido una muchacha que tiene la valentía suficiente para librar sus propias batallas y no desea un hogar» (p. 228). Aun así, la protagonista no es indiferente a los encantos del sexo opuesto, por lo que no tarda en atarse a un hombre. Esta unión, no obstante, no será para ella la culminación de sus deseos ni un final feliz, sino un aprendizaje: el descubrimiento de que incluso una chica autosuficiente como ella puede perder el norte y rebajarse por la fiebre amorosa. Después, claro, espabila... Y adopta otra perspectiva, más racional y menos ardorosa, del amor. Tres pretendientes, tres modelos de amante

Era el suyo ese afecto sólido que surge (si es que llega a surgir) cuando al conocerse dos personas descubren primero los aspectos más ásperos de sus respectivos caracteres y desconocen los mejores hasta mucho después, mientras el amor va creciendo en los intersticios de una dura masa de realidad prosaica. Este tipo de camaradería, que suele darse como resultado de la coincidencia de intereses, rara vez se superpone al amor entre hombres y mujeres, pues éstos se unen, no en el esfuerzo, sino meramente en el placer. Cuando, no obstante, una feliz circunstancia permite que prospere, este sentimiento mixto resulta ser el único amor que ni el agua puede saciar, ni las inundaciones pueden anegar; en comparación con él lo que normalmente entendemos por pasión resulta evanescente como el vapor.

Tres personajes se cruzan en el camino de Bathsheba, tres ejemplos de la excelente caracterización de Hardy, que no solo ahonda en sus caracteres, sus virtudes y defectos, sino que analiza con minuciosidad las particularidades de la relación de Bathsheba con cada uno de ellos, cómo se modifica su rol en función del interlocutor. Con el primero, Gabriel Oak, se produce una inversión de posiciones nada más empezar el relato: mientras que ella se enriquece, él pierde sus pertenencias, por lo que le pide trabajo, cabizbajo. El pastor GabrielOak encarna al héroe dickensiano, un tipo honrado, trabajador infatigable y leal, pero, en el fondo, un perdedor: no posee un gran atractivo, no consigue ascender de clase a pesar de su empeño, y la diferencia de rango (propietaria y empleado) le impide cortejar a la protagonista. Es asimismo un hombre discreto, precavido; unas cualidades que no ayudan a llamar la atención: «Hay una locuacidad que no dice nada, y ésa era la de Bathsheba; hay un silencio que dice mucho, y ése era el de Gabriel» (p. 224). Con él, Hardy representa el amor que se cuece a fuego lento, que está en las pequeñas acciones cotidianas y no en la pasión encendida; un amor práctico y estable entre amantes que son, ante todo, compañeros de vida.

Los defectos de Troy se hallaban bien ocultos a los ojos de una mujer, mientras que sus cualidades se revelaban en la superficie; contrastaba en esto con el hogareño Oak, cuyos defectos eran patentes incluso para un ciego, mientras que sus virtudes eran metal oculto en una mina.

En segundo lugar, el sargento Troy personifica al héroe romántico por excelencia: un joven atractivo y seductor, que trae de cabeza a las mujeres; atracción sexual en estado puro. Tampoco tiene una buena posición, pero lo compensa con su labia y su físico privilegiado; de hecho, aspira a triunfar tanto en los placeres terrenales como en la esfera social, y gracias a sus ardides lo consigue sin esfuerzo. Donde Oak es paciente y sacrificado, Troy se muestra arrebatado y caprichoso, «un hombre para quien los recuerdos resultaban una carga y la anticipación algo superfluo. Limitándose a sentir, pensar y preocuparse de lo que tenía delante de sus ojos, sólo era vulnerable en el presente» (p. 253). Con él entra en escena Fanny Robin, una criada con la que tiene escarceos, una subtrama interesante tanto por sí misma (se tocan temas «inmorales» para la época) como por la contraposición de dos perfiles femeninos: la poderosa Bathsheba frente a la débil Fanny... aunque a veces las apariencias engañan, y Fanny, en su modestia, demuestra valor. Troy, en suma, puede parecer un mero vividor, pero Hardy enriquece su persona con un giro dramático que le permite enseñar otra faceta.

Bathsheba amaba a Troy como sólo las mujeres independientes son capaces de amar cuando renuncian a su independencia. Cuando una mujer fuerte se despoja imprudentemente de su fuerza, es peor que una mujer débil que jamás ha tenido fuerza de la que despojarse. Una de las razones de su impropia conducta es lo novedoso de la ocasión. Nunca ha pasado por la experiencia de sacar el mayor provecho de tal condición. La debilidad es doblemente débil cuando es nueva.

Por último, el hacendado Boldwood simboliza un afecto más paternal: un señor mayor que Bathsheba, aún soltero y adinerado como ella, que le garantiza una existencia cómoda y sin sobresaltos, con la oportunidad de aumentar todavía más su patrimonio. Tiene buenas intenciones; ha sido educado a la vieja usanza en el galanteo, como un caballero respetuoso con la dama. Por supuesto, no le faltan sombras, más allá de la diferencia de edad: tantos años solo en su granja le han conferido un carácter retraído, que no gestiona bien las emociones fuertes y coquetea peligrosamente con la perturbación. En comparación con los otros pretendientes, carece de la fogosidad del sargento Troy, que tanto encandila a Bathsheba; y tampoco consigue la jovial camaradería de esta con Oak. Es, quizá, demasiado rígido, demasiado correcto como para despertar el deseo de la joven (de, no olvidemos, una joven intrépida que huye de cualquier forma de paternalismo). El matrimonio entre ambos no supondría ninguna inconveniencia para nadie; pero, quizá por eso mismo, a ella le parece una posibilidad aburrida. Una lección moral Las grandes novelas decimonónicas siempre tienen una trascendencia moral más allá de su historia. Esta no es una excepción: todos los protagonistas pasan por lo que se suele llamar «prueba», un trance que, o bien les hace crecer, o bien los termina de destruir. A veces, incluso las dos cosas a la vez. Hardy trabaja de maravilla el intercambio de rolesentre los personajes, es decir, un giro de ciento ochenta grados con respecto a su situación inicial que los obliga a afrontar retos (se ha mencionado la inversión de papeles de Bathsheba y Oak al comienzo del libro, pero no son los únicos a los que da la vuelta). Cada personaje representa una forma de estar en el mundo, unos valores que, unidos a la fatalidad y los golpes de suerte del destino, conducen a un fin que él mismo se forja. Hardy es asimismo un autor proclive a los juegos de equívocos y disfraces, unas perlas que enriquecen todavía más la trama. Thomas Hardy Hablar de «lección moral» en el siglo XXI puede sonar a aburrimiento supino, pero con este autor no cabe tedio alguno. Lejos del mundanal ruido es una gran obra, y una obra con la que el lector disfruta (no, no todas las grandes novelas son fáciles de disfrutar). Disfrutar en el sentido más primario: uno se mete de lleno en su historia y no quiere soltarla hasta el final. Tiene ingenio, tiene sutileza, tiene un despliegue de recursos impresionante (esas metáforas brillantes). Tiene una historia de lo más dinámica, llena de intrigas y con múltiples capas de lectura, que pasa de lo ligero a lo trágico sin que el ritmo decaiga. Tiene unos personajes vívidos a los que uno quiere acompañar en sus venturas y desventuras (más allá de los principales y su enredo amoroso, Hardy construye un fresco rural espléndido en el que tiene cabida un elenco que conforma un relato de lo más colorido: los trabajadores del campo, con sus hilarantes encuentros en la taberna; o la doncella de Bathsheba, confidente indispensable). Tiene... tiene todo. Aunque lo mejor es su exploración de los claroscuros de la naturaleza humana, su hondura psicológica. Es, sencillamente, extraordinario. Citas en cursiva de las páginas 407, 572, 288 y 287. Imágenes de la adaptación al cine de 2015, dirigida por Thomas Vinterberg.

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