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Castillo AlejandroMiembro desde: 30/12/19

Castillo Alejandro
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30/12/2019

Un suceso imprevisto, una puerta cerrada y una decisión importante, ponen en juego la paz mental y serenidad de cualquier persona, máxime, si el futuro económico depende de ello. Esto es lo que le sucedió hace años a Marta, “una dama en apuros”. Veamos

Las puertas cerradas

 

 

 

Cuando las cosas se complican todos tendemos a enojarnos y a desesperar.

 Pero el camino que conduce al éxito se llama serenidad.

 Hay momentos en que todas las puertas parecen cerrarse; encuentros de situaciones donde tendemos a pensar que ya nada hay que hacer y que las predicciones anticipadas catastróficas se cumplirán y que el fracaso es inminente.

 A nadie le gusta toparse con una situación insoluble. Tanto menos si en ella se juega algo importante para mí o para los que quiero.

 Frente a estos hechos nuestra primera respuesta suele ser el enojo.

 Desde un punto de vista formal la reacción natural frente a la expectativa frustrada; desde un punto de vista emocional, un disfraz de nuestra intolerancia a la propia impotencia, pero desde el punto de vista práctico, una pésima estrategia.

 Marta Morris. De nacionalidad costarricense, vive y trabaja en EE.UU., como escribana.

 A continuación, les transcribo el episodio que vivió está dama y como a partir de allí cambio su percepción en cuanto a su actitud frente a los problemas. Quizá nos resulte familiar y motivador.

 Vivía en las afueras de Nueva York y había sido designada para elaborar y fiscalizar la firma de un contrato muy Importante entre dos enormes empresas americanas.

 Había trabajado semanas puliendo ese contrato para que todo llegará a buen término.

 El lunes pactado para la firma, como lo hacía habitualmente, ella despidió a sus hijos y a su esposo, tomó su maletín y salió, cerrando la puerta tras de sí.

 Apenas bajó la escalera de la entrada, se dio cuenta que se había olvidado el contrato dentro de la casa. Volvió sobre sus pasos y mientras buscaba en su cartera, se dio cuenta de que las llaves también habían quedado adentro.

 Desesperada por lo que representaría para su futuro profesional no firmar el contrato ese día, empezó a empujar la puerta para ver si conseguía abrirla. Estaba angustiada. Había trabajado durante años para llegar a ese momento, y ahora una puerta cerrada le interrumpía el paso.

Quizá sea la serenidad y no la desesperación

 Intento hacer palanca con una rama, busco una ventana abierta, quiso girar la cerradura con una horquilla...pero no tuvo éxito.

 Marta empezó a gritar de furia, tanto que el cartero que traía la correspondencia, se detuvo a preguntarle qué le pasaba. Marta le contó toda la historia, y el hombre conmovido intento ayudarla, pero la puerta no cedía. - ¿Y su marido? - preguntó el cartero.

 

- Está en otra ciudad y no puedo encontrarlo hasta el mediodía.

 - ¿Nadie tiene otra llave? -se le ocurrió al hombre del correo.

 - Sí, mi vecino- contestó Marta- pero tuvo la mala idea de irse el fin de semana afuera.

 - Me parece -dijo el cartero- que sólo hay dos soluciones: romper la puerta o llamar al cerrajero.

 Marta le dijo que ella debería irse y sin puerta la casa quedaría abierta, por otro lado, el cerrajero nunca terminaría antes de un par de horas y para ese entonces todo se habría perdido.

 Genuinamente apenado, el cartero dijo que lo lamentaba, dejo sus cartas y se fue.

 Marta volvió todavía a patear la puerta, pero no pudo abrirla.

 Y después se sentó en el primer escalón de la entrada llorando desconsolada por lo que le parecía un mundo qué se derrumbaba. Tanto esfuerzo, tanta ilusión, tanto trabajo para nada.

 De reojo miró la correspondencia y vio una estampilla de Australia, dónde vivía si hermana Nancy. Quizá para huir de su angustia Marta abrió la carta y la leyó:

 "Querida hermana, te escribo esta carta para contarte lo bien que me sentí estás dos semanas que pasé con tu familia... Pero también para pedirte disculpas.

 Resulta que el jueves anterior a mí partida llegué muy temprano a la casa y como no había nadie me animé a pedirle la llave de tu casa a tu vecino. Que te cuento que en la emoción de la despedida me olvidé de devolvértela.  Dentro del sobre te envío la llave que me traje, ojalá no te haya causado problemas mí descuido..."

 Quizá podemos aprender algo de esta historia. Quizá terminar de llorar lo que no fue, dejar de patear nuestro enojo y cancelar el grito de nuestra impotencia, nos deje más a las puertas de dónde queremos estar. Quizá sea la serenidad y no la desesperación la que nos acerque verdaderamente a encontrar la llave necesaria, o aunque más no sea, nos permita buscarla más inteligentemente.

 

 PD: El enojo y el berrinche son una mala estrategia. No solo difícilmente ayuden a encontrar alternativas, sino antes bien, dificultaran su aparición.

 

J.B

 

 

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