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Zapatero en la UE de las maravillas (1) Go

23/03/2010 17:07 0 Comentarios Lectura: ( palabras)

Adaptación de Alicia en el país de las maravillas, de Lewis Carroll, en clave de sátira. Se trata de una publicación semanal por episodios, que aparecerá los jueves por la tarde desde enero a junio de 2010

< h3> (Adaptación de Alicia en el país de las maravillas< /em> , de Lewis Carroll)< /h3> < h3> |Episodio 1: En la madriguera del Conejo Blanco|< /h3> Zapatero empezaba ya a cansarse de estar sentado con la vicepresidenta primera en el trono de la Moncloa, sin tener nada que hacer. De vez en cuando echaba un vistazo al libro que María Teresa leía sobre “las distintas clases de principados y de la forma en que se adquieren”, de Nicolás Maquiavelo -no de Zarkozy-. Pero el libro no tenía dibujos, solo había texto y más texto. ”¿Para qué servirá un libro sin dibujos?”, se preguntaba Zapatero, “para leer”, solía responderle ella, pero ese argumento no era de su agrado.

Entonces el presidente se puso a pensar y comprobó que pensar le costaba cierto esfuerzo, porque el calor de la calefacción lo había dejado soñoliento y con pocas ideas. Pero aún así pensó y llegó a la conclusión de que el placer de tejer una guirnalda de medidas, para la reactivación de la economía europea, compensaría el esfuerzo de tener que llamar a su vicepresidenta segunda y pedirle un brainstorming en Power Point. Una lluvia de ideas que el mismo combinaría con su nueva tesis sobre los brotes verdes paneuropeos que se le acaba de ocurrir. Sin duda, tal empresa suponía una acción muy esforzada, a pesar de lo cual, descolgó el teléfono para llamarla. Fue entonces cuando, de repente, saltó cerca de él un Conejo Blanco de ojos rosados que le resultaba familiar, aunque parecía muy preocupado por las inclemencias meteorológicas que padecían los ciudadanos del Reino.

No había nada de extraordinario en ello, ni tampoco le pareció al presidente muy raro oír que el Conejo se decía a símismo: “¡Dios mío! ¡Dios mío! ¡Voy a llegar tarde a mi reunión con Esperanza por lo de la nieve en Madrid!”. No obstante, cuando lo pensó después, decidió que, desde luego, debería haberse sorprendido mucho, especialmente cuando el Conejo sacó un reloj de bolsillo del chaleco, lo miró y echó a correr. Entonces, Zapatero se levantó de un salto porque comprendió de golpe que él nunca había visto un conejo con chaleco, ni con reloj. Por eso, ardiendo en curiosidad, echó a correr tras el Conejo por la Moncloa, y llegó justo a tiempo de ver cómo se precipitaba en una madriguera que se abría al pie de un seto del Palacio.

Un momento más tarde, Zapatero se metía también en la madriguera, sin pararse a considerar cómo se las arreglaría después para salir. Al principio, la madriguera de Blanco se extendía en línea recta como un túnel del AVE, pero después torció bruscamente hacia abajo como las encuestas de intención de voto del CIS. Tan bruscamente que el presidente no tuvo siquiera tiempo de pensar en detenerse y se encontró cayendo por lo que parecía un pozo muy profundo. O el pozo era en verdad profundo, o él caía muy despacio, porque mientras descendía tuvo tiempo sobrado para mirar a su alrededor y para preguntarse qué iba a suceder después. Primero, intentó mirar hacia abajo y ver a dónde iría a parar, pero estaba todo demasiado oscuro para distinguir nada.

-¡Vaya! -pensó el presidente- ¡Después de una caída como ésta, rodar por las escaleras de la Moncloa me parecerá algo sin importancia! ¡Qué valiente me encontrarán todos! ¡Ni siquiera lloraría, aunque me cayera del tejado de Ferraz!

Y era verdad, seguía para abajo, abajo, abajo.

-¿Será que no acabaré nunca de caer? Me gustaría saber cuántas millas he descendido ya -dijo en voz alta-. Tengo que estar bastante cerca del centro de la tierra. Creo que estoy a cuatro mil millas de profundidad.

Por lo que se ve, el presidente había aprendido algunas cosas de estas en las clases de la escuela, y aunque no era un momento muy oportuno para presumir de sus conocimientos, ya que no había nadie allí que pudiera escucharlo, le pareció que repetirlo le servía de repaso.

-Sí, esa debe de ser la distancia, pero… me pregunto a qué latitud o longitud habré llegado.

Zapatero no tenía la menor idea de lo que era la latitud, ni tampoco la longitud, pero le pareció bien decir unas palabras tan bonitas e impresionantes. Enseguida volvió a empezar.

-¡A lo mejor caigo a través de toda la tierra! ¡La tierra que es del viento! ¡Qué divertido sería salir donde vive esa gente que anda cabeza abajo con lo que le viene encima! ¡Qué antipáticos! -se dijo refiriéndose a la Presidencia permanente de la Unión y se alegró de que nadie de El Mundo lo hubiera escuchado.

Y mientras decía esas palabras, ensayó una reverencia para desagraviar a la cancillera alemana. Y hacía reverencias y reverencias mientras caía por el aire. ¿Creéis que eso es posible? Pues sí, lo es, y además acompañaba cada una con una mueca que ponía de relieve su ceja en forma de Z. Así es como seguía hacia abajo, abajo, abajo. No había otra cosa que hacer y el presidente empezó enseguida a hablar otra vez en voz alta.

-¡Temo que María Teresa me haya olvidado!

Con ese pensamiento, Zapatero empezó a sentirse medio dormido en el descenso y pensaba vagamente sobre si “¿tenemos un déficit público superior al 10% del PIB?” o si lo que ocurre es que “tenemos un 10% del PIB superior al déficit púbico [sic]?” Daba lo mismo cuál fuera la verdadera formulación del problema, lo cierto es que no tenía respuesta para ninguna de las dos. Se estaba durmiendo de veras y empezaba a soñar que paseaba con Angela de la mano por Alemania y que le preguntaba con mucha ansiedad: “Ahora, Angela, dime la verdad, ¿no es genial que impongamos sanciones a los países que no cumplan los objetivos económicos?” En ese momento, de repente, ¡cataplum!, fue a darse de bruces contra las críticas del equipo económico de la canciller y de ella misma, además de con la ironía de la prensa internacional en titulares. “¿Cuántos días puede permanecer en el aire una cometa española? Unos cuatro, a juzgar por la rapidez con que Alemania y el Reino Unido derribaron una propuesta del presidente del Gobierno español”, según decía el inmisericorde Financial Times< /em> .

Pese a todo, Zapatero no parecía haber sufrido el menor daño. Se levantó de un salto, miró hacia arriba y, aunque todo estaba oscuro, al final del túnel se abría otro largo pasadizo. Allí estaba María Teresa con Durao Barroso, con el recurrente “donde dijo ‘digo’, digo ‘Diego’. Eso le tranquilizó. Lo único inquietante es que vio también al Conejo Blanco, que se alejaba a toda prisa. No había momento que perder y el presidente, sin vacilar, echó a correr tras él como el viento, intrigado por tanta urgencia. Al doblar la esquina del sueño, vio al Conejo junto a Esperanza montado en una máquina quitanieves. Como dice María Teresa, si bebes mucho de una botella que lleva la indicación ‘veneno’, terminará, a la corta o a la larga, por hacerte daño. Pero eso se verá después.

Continuará…


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