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El lado humano de la guerra

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06/01/2020 14:39 0 Comentarios Lectura: ( palabras)

Si vis pacem, para bellum - Flavio Vegecio Renat (IV a.c.)

Adrián Romero Jurado

06/01/2020

La Biblioteca de Sarajevo (1993) de Gervasio Sánchez resulta en un recordatorio sobre la crueldad de la guerra. Las ruinas de lo que otrora fuera albergue del entendimiento entre etnias, se convirtió en monumento a la masacre de los que la erigieron. En su afán por destruir al pasado, el conflicto ahoga a quienes lo soportan. El halo que baña la fotografía es un espectro, un señuelo. Si observamos con atención, el recinto no yace entre escombros, sino erguido.

La frase «mientras haya hombres seguirá habiendo guerras» del célebre Premio Nobel Albert Einstein ha tendido al menosprecio de sus intérpretes, convirtiendo una relativización del observador en norma general. Guerra es relación entre Estados, que es igual a resolución de conflicto de intereses por medio de la fuerza. Del germánico werra (discordia, pelea) sustituye a su homónima en latín bellum (bélico, combate). Si hablamos de su etimología, no tengo duda alguna que es una acertada precisión, pero si pretendemos vincular un ápice de humanidad en su contenido, resulta en una vacua aclaración. De la misma forma, con el pasar de los siglos el ser humano ha aprendido a definir qué es guerra entre Estados, cómo hacerla, prevenirla y regularla. Es decir, ha descubierto qué es combatir y ha tratado de teorizarlo, pero jamás ha comprendido por qué pelea.

Desde su más tierna infancia el ser humano nace en la elección, y de ella proceden la opción, oportunidad y su coste, elementos generadores del conflicto. La guerra no es más que una extensión de la lucha continuada de nuestra psique por sobrevivir a la barbarie que mayor incertidumbre nos produce: vivir. La concepción de existir aterra a nuestra raza, quien no entiende por qué respira, pero tampoco puede obligarse a dejar de llenar de aire sus pulmones. Hemos tratado de cercenar nuestra angustia mediante las relaciones sociales, sobreviviendo gracias al instinto de conservación. Hemos generado cultura, costumbres y creencias. Estas han evolucionado, adaptado y diversificado para superar el statu quo de incertidumbre en el que nos vemos abocados. Incluso la ciencia juega un rol fundamental al instaurar patrones fiables nacidos de la propia abstracción de la realidad, como las matemáticas. Por otro lado, a lo largo de la historia los realismos e idealismos trataron de clasificar al hombre como «conflictivo» o «cooperativo» con sus congéneres, cuando esta dicotomía se desvirtúa al descubrir que el único conflicto del ser es contra sí mismo. No es la sociedad la que influye al ser para responder positiva o negativamente al medio, sino la persona quien proyecta su psique e incorpora aquello que contempla. De esta forma, si Hobbes teorizó que el hombre era un lobo para el hombre, una nueva tesis lo reemplaza bajo el siguiente postulado: el hombre es un lobo para su sombra.

Cuando la incomprensión alcanza su cenit, nace la guerra y el enfrentamiento

El ser humano se pregunta porqués para actuar de tal forma que su supervivencia no se halle amenazada, buscando el conocimiento que le produzca la satisfacción de sentirse resguardado de su incomprensión. No existe un monto adecuado o mínimo para cada persona, pero sí se contempla su búsqueda de manera unánime por toda la sociedad. Dicha búsqueda se ve reflejada en la figura de la curiosidad, que no es más que un sinónimo de conflicto, pues genera dudas que en algunos casos no producen respuestas definitivas o que hagan al ser estar convencido con su resultado. Todo eso resulta más peligroso cuando descubrimos que las personas actúan no midiéndose en porcentajes absolutos, sino relativos. Veamos un ejemplo: si al lanzar una moneda hay tan solo un 50% de posibilidades matemáticas de que salga cara o cruz, y la naturaleza humana estuviese contenida en una, deberíamos tener en cuenta infinitos factores, como que esta fuese lanzada o no, flotase o se hundiera; que el resultado fuese cara, cruz, canto o acabase rota en mil pedazos. A todo esto, es necesario sumar que la raza humana no sabría que su naturaleza está contenida en dicha moneda. Así, ¿cómo encaja todo esto con la figura de la guerra?

Cuando la incomprensión alcanza su cenit, nace la guerra y el enfrentamiento. La justificación de los conflictos, tanto política como socialmente, surge como atenuante de la más absoluta inverosimilitud del ser humano. Decía Hemingway: «nunca pienses que la guerra, no importa cuán necesaria o justificada esté, no es un crimen», aludiendo a lo injustificable del conflicto sea cual fuere su naturaleza. Sin embargo, defendía esta afirmación mediante una invariabilidad, una reflexión incompatible con el estatus de incertidumbre al cual nos vemos abocados en nuestra comprensión de la realidad. Señalar la guerra como atentado, ¿no es acaso otro método para esconder la incomprensión de contemplar humanos asesinando humanos? Y, sin embargo, más allá del sufrimiento o la devastación, la guerra es irónicamente nuestro estado primigenio de concepción.

Cuando se describen las ruinas de la Bibilioteca de Sarajevo, se culpa a los que hacen la guerra con el fin de destruir la historia que fue erigida, condenando a las generaciones futuras a la comprensión de su presente. Es por ello por lo que, si deseas destruir una sociedad, debes atacar los cimientos de la curiosidad del ser humano, aquella que en su incertidumbre buscó acabar con sus dudas. El lado humano de la guerra es en sí mismo el enfrentamiento, la masacre, la destrucción del ser.  Ser humano es la guerra.

El hombre es un lobo para su sombra


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El Siberiano (6 noticias)
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