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Felipe Polleri: el dinosaurio y su birome

12/01/2018 11:00 0 Comentarios Lectura: ( palabras)

En su conocida canción Biromes y servilletas, Leo Maslíah dejó constancia de que Montevideo es tierra fértil para el talento artístico. Según este músico y escritor inclasificable, en la capital uruguaya hay poetas que, sin bombos ni trompetas, van saliendo de recónditos altillos y que, en vez de pretender glorias o laureles, prefieren escribir en papel experiencias totalmente personales. A lo que añade, con su habitual ironía y actitud lúdica, que, en Montevideo, también hay biromes desangradas en renglones de palabras que se retuercen, confusas, en delgadas servilletas como alcohólicas reclusas.

Desconozco en quién pensaba Maslíah cuando escribió la letra. Preguntárselo, además, sería exponerme a una de sus humoradas y a quedarme sin respuesta. En mi caso, Biromes y servilletas me hace pensar en ese baudeleriano poeta en prosa que es Felipe Polleri. Cada vez que escucho la canción, lo veo sentado en el borde de la cama, cigarrillo en mano, desangrando una birome sobre un cuaderno escolar. Lo imagino, además, como sigue diciendo la canción, escribiendo su manía, su locura, su neurosis obsesiva.

También vomitando o excretando, como dice él, su odio por ese "lugar horrible" llamado Montevideo, donde nació en 1953. Al menos así lo afirma al inicio de la breve autobiografía que incluye la edición española de La inocencia (:Rata_, 2017). Con su habitual antisolemnidad y humor negro, Polleri da ahí otros dos datos relevantes para entender su literatura. Uno es que se considera "hijo de la furia y hermano siamés de la locura", es decir, que le gusta abrirse camino a machetazos hacia lo que está reprimido en su inconsciente, y liberarlo. Sin autocensurarse. Sin importar si debe ajustar cuentas con la familia, el capitalismo, el arte, la ciudad o los demonios interiores. Despreocupado por completo de si alguien querrá leer o publicar después lo escrito. Guiado por un Otro ?rabioso, infantil, caníbal, herido, delirante, resentido, monstruoso? que le dicta al oído lo que debe escribir. Entre otras razones, Polleri obedece a ese Otro porque, de lo contrario, se convertiría en un asesino en serie. O al menos eso sostiene él.

El segundo dato relevante en esa breve autobiografía de este escritor uruguayo ?afable, fumador empedernido, hiperbólico y algo propenso a la ciática? es que confiesa tener solo "algunas vidas imaginarias y horrorosas, tan imaginarias y desquiciadas y absurdas como esta". O dicho de otro modo: su texto omite que se licenció como bibliotecólogo y que trabajó más de una década como referencista en la Biblioteca Nacional de Uruguay. También que en ese periodo publicó su dos primeras novelas, Carnaval (1990) y Colores (1991); o, ya que estamos, que abandonó ese empleo fijo y con salario digno en 1995 por dedicar todo su tiempo a escribir. Ni la familia ni los amigos se lo tomaron demasiado bien. Tampoco el mercado editorial, que le reservó un destino con algunas novelas rechazadas, una buena dosis de indiferencia para lo que conseguía publicar y la consabida precariedad económica como telón de fondo. En fin, un destino a la altura del de Mario Levrero, su amigo, maestro mágico y padre elegido.

Ha publicado más de un decena de libros en casi tres décadas y, en los últimos tiempos, va a uno por año. Toda su producción está dominada por esas vidas horrorosas, imaginarias y desquiciadas que menciona

En cualquier caso, Polleri persistió y siguió desangrando biromes ?y acaso desangrándose él también un poquito? sin inmutarse, fiel a una vocación inquebrantable. Así, en total, ha publicado más de un decena de libros en casi tres décadas y, en los últimos tiempos, va a uno por año. Toda su producción está dominada por esas vidas horrorosas, imaginarias y desquiciadas que menciona; en general, de escritores o pintores atormentados, tullidos, iracundos, locos, crueles, zoomorfos, indomables, con personalidad escindida, besados por los ángeles y los demonios o, que, simplemente, atentan contra su salud y la de los demás. Todo ello anotado con letra indescifrable y abundancia de tachones, sin tener apenas en cuenta que luego alguien ?nunca él? tendrá que pasar esos papeles a ordenador.

A pesar de todas las dificultades, en los últimos cuatro o cinco años, la obra de Polleri ha trascendido el mercado uruguayo y ha empezado a distribuirse o publicarse en Argentina, Francia, Italia, México ?donde cuenta con la complicidad y amistad de Mario Bellatín?, Chile o España. Sus ventas siguen siendo modestas, y su obra, poco conocida; sin embargo, como diría alguno de sus personajes, lo importante es que sus enemigos, por más que lo intentaron, no consiguieron matarlo de hambre ni desviarlo un solo milímetro de su proyecto literario. En fin, a sus sesenta y cuatro años, Polleri y su birome maligna parecen estar recogiendo parte de lo sembrado.

La canción de Maslíah habla de poetas que salen de agujeros mal tapados y caminan con sus pesadillas por calles y avenidas como si fueran cometas en un denso cielo de metal fundido, impenetrable, desastroso, lamentable y aburrido. Juraría que Polleri suscribiría todo eso ?y más? sobre su vida en Montevideo. En cualquier caso, y a título personal, yo añadiría algo que él me escribió a propósito de su renuencia a utilizar los ordenadores y demás artefactos del progreso: "Los dinosaurios resistimos y escribimos con birome". Desde que lo leí tuve claro qué nombre ponerle al cometa de la canción.

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Rubén A. Arribas (Guadalajara, 1975), editor y articulista, imparte talleres de escritura y es uno de los editores del blog Un puerto que cambia, dedicado a la interculturalidad y a las migraciones. Mantiene también un blog personal, Aviones desplumados. Gran conocedor de la literatura uruguaya, ha prologado la reciente edición de La inocencia, de Felipe Polleri, en :Rata_ (2017).


Sobre esta noticia

Autor:
Criticic (1834 noticias)
Fuente:
ctxt.es
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Reportaje
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