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El caminar con una madera en San Esteban

23/12/2017 21:44 0 Comentarios Lectura: ( palabras)

Cocer, el camino de los españoles

Fuente Literaria/  

Un día, empecé a caminar por el camino de los españoles y, de repente encontré la casa buscada. Me distraje, viendo el rio, una vara caminaba sobre las aguas, igual que yo. La tome entre mis dedos y pasó algo increíble, me hizo correr por el camino de una manera apresurada para llegar a un punto y la madre naturaleza entregarme un mensaje, encerrado en una vieja botella de vidrio.

Y, de pronto, me conseguí con un viejo anciano y me sonrió, su atuendo era muy ligero. Cogió de nuevo una rama parecida a la mía y la lanzo al rio. Transcurrido un tiempo, me di cuenta que la varita, destilaba lágrimas de sus ojos que inundaron el río en gotas de lluvia y pensé, la hechicera tenía razón, debo regresar.

El lugar de San Esteban es precioso. Mientras oscurecía, mis pasos se apresuraban para evadir las miradas de las pocas personas que transitaban por el lugar, bañistas o evangélicos que asistían a un pequeño templo ubicado en el pueblo.

De pronto, una enorme mole de acero, apareció ante mis ojos para tomarme y trasladarme a prisión. Siempre cuestione la actitud de mis gobernantes, ante la actuación especial de los niños. Al atardecer, los lechuzos se reagrupaban para hacer sonoros sus cantos. Rápidamente, tome un pajarito entre mis manos y lo lance al cielo, para que americe una tormenta por venir, nadie, sabía nada de lo que, sucedida en lo altos del río, cuando llovieses e anudaba las faldas de los cerros.

II

 

Lidia no había escogido ese viaje, pero no importaba. Su padre había planteado la decisión y toda la familia se había embarcado en el inmenso bus rumbo al santuario del rio, ella ni siquiera sabía hacia dónde iban. Pero obedeció, porque siempre supo que era lo que mejor se le daba, o porque su madre siempre decía que los niños no deben hacer preguntas porque no saben nada de la vida.

Horas y días más tarde continuaban en esa inmensa mole de acero que surcaba los mares, cuando una terrible tormenta surgió del cielo, ¿o fue del horizonte? Ella no lo sabía con certeza y tampoco le dijeron nada. Al atardecer, consiguió evadirse de la mirada celosa de su madre y se fue a explorar el barco. Aunque su madre decía que ella no entendía nada, se sorprendería si supiera de lo que era capaz, si la conociera, si creyera en ella…

Somos criaturras

Mientras caminaba por cubierta una cosa diminuta cayó del cielo, en el preciso lugar donde ella iba a apoyar su pie. Se asustó muchísimo y retrajo su pequeño cuerpecito para que la cosa no la golpeara. Al observar el punto de aterrizaje, encontró una pelota de plumas con dos puntitos a los lados que piaba con un sentir lastimero que convulsionó su interior con torpeza. Instintivamente, Lidia se agachó y tomó al pajarito entre sus manos: estaba frío y húmedo y tenía algo extraño en el ala.

Intentó entibiarlo y lo llenó de besos, acurrucándose junto a él en un rincón, donde el viento no pudiera descubrirlos. Lentamente, el pájaro fue perdiendo el temblor y su cuerpito se volvió menos frágil. Se fue durmiendo hasta que ya nada pudo perturbarlo: estaba seguro en los brazos de una niña capaz de entender su tristeza y su soledad en medio del inmenso y desconocido océano.

Cuando Lidia descubrió la frente arrugada de su madre (cuando se enfadaba se le hacían unos surcos profundísimos en la sien) colocó al pajarito ya tieso en un rincón y fue hacia ella. Después de regañarla, su madre escuchó la historia, pero ¡cómo iba a haber un pajarito en medio del océano! ‘A veces se te ocurre cada cosa, hija. ¿Cómo va a hacer un pájaro para atravesar todo el océano? ¡Es imposible!’ No tenía respuestas, pero era verdad: allí estaba, podía verlo si quería. Cuando se acercaron en ese rincón no había nada, sólo un frío invernal. ‘Lidia, estás helada’, le dijo su madre, mientras la cogía en brazos y la llevaba al camarote.

La tormenta había pasado. Su madre la acostó con delicadeza en una de las diminutas literas del barco y, después de cubrirla con una abrigada manta, le dio un beso y se marchó. El ruido del agua golpeando las paredes del barco fue la mejor canción de cuna para la niña, que soñó por primera vez con unas alas gigantes que le permitían atravesar el océano.

Al llegar a la planchita, tomo el bus, hacia su pueblo San Esteban y, la madera que vi en el río, ella la sostenía junto al pajarito que revivió en la tempestad del Caribe.

 

 

 


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Autor:
Emiro Vera Suárez (368 noticias)
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