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AUTOAYUDA: Cómo librarte de la mujer de tu vida (Secuencia 10)

24/07/2016 12:20 0 Comentarios Lectura: ( palabras)

El engaño es una elección, no un error (Novela de Charly García G. & E.J. Lopson)

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  Por E.J. Lopson

 

Charly tenía casi certeza de que Alejandra no era leal con él y aquella noche pudo comprobar que su sospecha era cierta. ¡Lo engañaba! Aunque quizá esa palabra no fuese la expresión más adecuada para describir lo que en realidad estaba sucediendo. El asunto probablemente merecía otro calificativo peor.

 Alfonso de Duero —el capullo de Alfon, según Charly— le envió unos cuantos mensajes para quedar con ella a la mañana siguiente. Justo en domingo, el único día que políticos y asesores suelen tener libre. Habían planeado correr con Bimbo por el Retiro un buen rato. El perro necesitaba compensar las tres vueltas a la manzana diarias que daba de lunes a sábado. Luego se irían ellos dos solos a tomar el sol en una cama balinesa, bañarse y comer al aire libre en el Roof Garden, en pleno centro de Madrid. Ambiente relajado y exclusivo, nada masificado gracias al precio. ¡Nada menos que 45 pavos! Charly no escatimaba gastos con Alejandra.

 ¡Un planazo! —aseguró ella cuando Charly se lo propuso—. Pero… no acababa de verlo —dijo preocupada—. No era buena idea dejarse ver juntos por allí. Si los pillaba alguien de prensa, su relación dejaría de ser privada. La noticia correría como Speedy Gonzales por los tabloides digitales y el lunes lo sabrían todos en su grupo parlamentario. Alejandra había jugado ese video-game en su maquinita Game Boy, a finales de los noventa. Speedy Gonzales era el ratón más rápido de México. Charly lo conocía por los dibujos animados de la tele.

 En cualquier caso, si no podían ir al  Roof Garden, al menos comerían en su terraza jardín del ático y follarían el resto de la tarde en su cama —le prometió Alejandra—. Charly se conformaba pronto con tal de tenerla a su lado. Nunca pensó que ella fuera a ponerle los cuernos con ese capullo justo ese fin de semana. En realidad, ninguno. Charly no pensaba que ella fuera a hacerle una cosa así nunca.

En su mensaje, Alfonso le sugería a Alejandra quedar en un lugar discreto para evitar que los descubriera algún periodista inoportuno, o cualquiera que los hubiese visto en la tele, bromeó añadiendo un emoticón de “estoy feliz”, otro, guiñando el ojo y un tercero con un beso en forma de corazón. Charly deseó con todas sus fuerzas que ese tío —¡montón de mierda humeante!— tuviera un accidente o alguien le partiera su estúpida cara en pedazos. Y no descartaba hacerlo él mismo asaltándolo por la noche, oculto bajo una sudadera con capucha. Aunque lo más impresentable de aquella historia era la… ¡zooorra de su novia! ¿¡Se lo estaba tirando!? Charly no pudo evitar torturarse con ese pensamiento desde que vio los mensajes.

Y encima, a la mañana siguiente, cuando Alejandra contestó  a Alfonso, le dijo que conocía el sitio perfecto, que se llevara el portátil, al igual que iba a hacer ella, para no levantar sospechas, si alguien los veía juntos.

Una idea genial —respondió él—. Sería como un  día libre de tantos, en los que Carmen Solís los exprimía sin consideración —bromeó Alfonso añadiendo un emoticón con gafas oscuras.

Para Charly, estaba claro que iban a echar un polvo. ¿Qué, si no?

Después de desayunar deprisa, Alejandra miró su móvil como si acabara de entrarle un mensaje, y montó el numerito de que lo sentía muchísimo pero había surgido un asunto importante y Carmen Solís acababa de pedirle que fuera a su casa para tratarlo. ¡Ni en domingo podía relajarse! —se quejó mostrando contrariedad.

Charly la escuchaba buscando en el fondo de sus ojos alguna evidencia de que mentía. Pero no, Alejandra disimulaba bien. Ni siquiera parpadeó y mantuvo imperturbable su gesto de disgusto ante el imprevisto. Sentía horrores —aseguró— dejarlos a Bimbo y a él solos con los planes tan fantásticos que habían hecho para ese día. ¡Y todo por culpa de la gran jefa!

Él guardó silencio y Alejandra pasó a la acción para levantarle el ánimo un poco —según le susurró al oído mordisqueándole el lóbulo de la oreja izquierda—. Se sentó a horcajadas en sus rodillas, como si montara a caballo, y lo acarició por debajo del pijama en plan calientapollas —ironizó Charly—, mientras Alejandra se frotaba contra sus genitales bastante bajos de tono —bromeó ella—. Charly no pudo contener su malestar por la inoportunidad de la maniobra para… contentarlo como si fuera un gilipollas —le espetó, poniéndose en pie con brusquedad y expulsándola de allí sin contemplaciones—. ¡Menudo montaje antes de ponerle los cuernos! —pensó.

Alejandra le dijo que entendía su malestar, pero el trabajo era el trabajo, y los dos dependían de Carmen Solís. Para rebajar un poco la tensión, le confesó que Carmen estaba a punto de recompensarlo por los servicios prestados durante la campaña electoral. Al menos, eso le había comentado justo el día antes. Se lo aseguró mirándolo a los ojos. Luego añadió que no se lo había mencionado antes para que la sorpresa fuera mayor cuando se lo notificara la gran jefa.

Él la miró perplejo. ¡La muy zorra lo sabía pero se lo había ocultado! Y ahora se lo contaba porque se sentía culpable de ir a follarse a otro tío. ¡Buen intento de tranquilizar su conciencia! ¿Conciencia? ¡Qué gilipollez! ¡Si era una zorra sin conciencia!

Por la cabeza de Charly pasaban toda clase de improperios contra su novia, mientras ella, viendo que no había forma de contentarlo, se metió en la ducha. Tenía prisa —dijo— y Charly, sin mediar palabra y con una calma aparente inusitada en él, se fue hacia su ordenador y abrió la aplicación con la que monitorizaba en remoto el móvil de Alejandra. Miró entre los últimos wasaps que le habían entrado y… ¡allí estaba! Había quedado con Alfonso en la casa familiar que tenían sus padres en una “urba” muy exclusiva en el noroeste de Madrid. ¡Un sitio perfecto para pasar desapercibidos! —decía ella en el último wasap enviado a Alfonso.

Charly sabía por Alejandra que, justo ese fin de semana, papá y mamá estaban en NYC de compras. De hecho, ella le había sugerido, entre otras posibilidades, que podían pasar allí el día con Bimbo. Hacer una barbacoa en el jardín. Bañarse los tres juntos y, sobre todo, hacerlo en la cama de sus padres y, lo más importante, que al perro le encantaría disponer de espacio para correr y jugar a la pelota.

¡Qué ironía! —pensó Charly—. ¡La que al final iba a correrse allí era ella con el puto Alfon!

Junto a la rabia fluía la desesperación. Su mente oscilaba entre el deseo de matarla y el de suicidarse él. No podía soportar que lo dejara. Y eso era justo lo que iba a pasar en poco tiempo. Estaba claro que ella prefería a ese capullo impresentable más que a él. De hecho, al que no presentaba ni de coña era a él. Lo tenía tan oculto que desde hacía tiempo, no iban juntos a ninguna parte para que nadie los viera. Estaba cantado que su relación tenía que terminar así. Ella pasando de él, y él hundido en la miseria con la autoestima por los suelos. ¡¿Cómo había podido caer tan bajo por una tía?!

Al ver con claridad la gran mentira de su novia, Charly se sintió fatal. No podía hacer nada para cambiar eso. No se puede forzar el amor. O un tía te quiere, o no y punto. Eso le decía la lógica. Si Alejandra se follaba al otro, estaba claro que la relación había terminado, aunque ella no supiera cómo decírselo… ¡todavía, claro! Seguro que en los próximos días le soltaría eso de “tenemos que hablar, Charly”. ¡Típico!

Qué poco dura el amor y que largos se hacen los últimos momentos. En esa tesitura, Charly pensó que lo mejor era tener la bronca final en aquel mismo instante y acabar rápido con la pesadilla. Así, al menos, se ahorraría los cuernos que iba a ponerle ella poco después, mientras él le paseaba a su… ¡puto perro!

Pero Charly recapacitó de inmediato. Bimbo también era suyo por decisión del propio perro que, sin duda, lo quería más a él que a Alejandra. En realidad, solo mostraba síntomas de ansiedad cuando él se iba al trabajo y no cuando lo hacía Alejandra. El movimiento rápido de su cola lo decía todo. Ese perro era más suyo que de ella.

Le dada vueltas a los vídeos que le había grabado en la intimidad. De esos que se hacen en momentos calientes, perdiendo el sentido del peligro. ¡Como si el amor fuera a durar para siempre!

En mitad de ese caos emocional, a Charly se le formó tal nudo en la garganta que no podía articular palabra. De no ser porque era un tío, se hubiera echado a llorar —pensó—. La horrible sensación que tenía por dentro ya la había experimentado cuando lo dejó su primera novia del instituto. ¡Tías cabronas que se merecen lo peor! Y al llegar a esa conclusión, fue donde la lógica de Charly sobre el amor y desamor se esfumó. Tenía que hacerle pagar toda la angustia que sentía.

Enseguida oyó aproximarse los tacones de Alejandra. Cerró la tapa del portátil para que ella no viese que tenía desplegado en pantalla todo el contenido de su móvil. Alejandra, ajena a lo que realmente pasaba, le dio un beso en la mejilla y dijo que volvería en cuanto pudiese. Se llevaba el ordenador —aclaró— para trabajar con Carmen. Confiaba en que no la entretuviera más de la cuenta y regresar a su lado para salvar la parte del día que fuera posible. Le prometió que traería algo de Mallorca para hacer una cena romántica en la terraza, ellos dos, sin Bimbo que se iría a la cama pronto —dijo  ante la mirada molesta del perro que  parecía haberse enterado de todo—. El padre de Alejandra solía bromear con que ese perro hablaba español, además de entender a la perfección el shit y el  fuck en todas sus variantes.

Antes de llegar a la puerta, Alejandra se volvió hacia Charly y le preguntó si tenía buen aspecto, considerando que apenas tuvo tiempo de arreglarse. Charly la miró desconcertado. ¡Menuda cínica! ¡Preguntarle si estaba bien para irse a echar un polvo!  Puso cara de póker y, con ironía, le aconsejó que se mirase al  espejo por si le daba alguna orientación sobre el exceso de maquillaje.

Alejandra bromeó con que los espejos no hablan, y a Charly le faltó tiempo para soltarle que, en efecto, no hablan y por suerte para ella tampoco se reían. Alejandra lo interpretó como una muestra de contrariedad por su marcha. Por supuesto Charly no la avisó de que llevaba colgando la etiqueta donde aparecía el precio rebajado de su vestido nuevo, tipo Barbie.   

Aunque lo intentaba, no podía evitar pensamientos terribles sobre ella y lo que podía hacer él para vengarse. Le dada vueltas a los vídeos que le había grabado en la intimidad. De esos que se hacen en momentos calientes, perdiendo el sentido del peligro. ¡Como si el amor fuera a durar para siempre!  A Charly se le iluminó el rostro pensando en que no estaría mal subírselos al canal de YouTube de su partido. Él tenía las claves, y usando la red Tor para ocultar la navegación, nadie podría rastrearlo. Charly navega con Tor para realizar sus operaciones encubiertas en Internet.

Esa venganza le parecía perfecta, aunque… quizá era mejor enviárselos a todos sus contactos del móvil —pensó justo al caer en la cuenta de que tenía su agenda en pantalla—. Periodistas, colegas, amigos, familia… A todos les llegaría un e-mail con los vídeos calientes, enviados desde las cuentas de correo que Alejandra tenía configuradas en el móvil. La de Gmail, el PLR… ¡Se lo merecía!

La ira es un veneno que uno toma esperando que muera el otro

  Por Charly García G.

 

Los minutos se me hacían interminables. Nunca imaginé que la duración de un segundo fuera tan larga. Podía contar hasta tres sin que el reloj digital del móvil cambiara al siguiente. Seguí a Alejandra a través de la señal GPS que enviaba su teléfono. Poco a poco se iba alejando de mí en el mapa de la aplicación. No podía creerme que me estuviera haciendo eso.

Alfonso la estaba esperando en la puerta de acceso al garaje, en la casa de sus padres. Pude verlo por la cámara trasera del móvil que Alejandra llevaba en el soporte del salpicadero. Gracias a ese ojo indiscreto, los seguí visualmente hasta que estuvieron dentro del recinto y ella guardó el teléfono en su bolso antes de bajar. A partir de entonces, solo podría oírlos. Le activé el micro en remoto, pero había ruido ambiental además de las paredes del bolso que obstaculizaban la percepción. Aun así, pude oír lo suficiente. Mientras lo hacía, revisé su correo electrónico del móvil. Al abrirlo desde la pantalla del portátil, me encontré con uno reciente del día anterior que le había enviado Carmen Solís. Se trataba más bien de una cadena en la que aparecía mi padre como primer eslabón. Le pedía a Carmen que me buscase un puesto en el equipo de comunicaciones. Aseguraba que era un number one como activista en redes y tenía el perfil clave para generarle una gran reputación online a la marca PLR. Mi padre sabía por mí que iba detrás de conseguir una mejora de empleo gracias a esas habilidades.

Lo del servicio técnico —continuaba mi padre— era desperdiciar a alguien con tanto talento como yo para el marketing político. ¡Creativo, asertivo, empático, paciente, organizado, estratega y, además, ingeniero informático! Se notaba que era mi padre y hacía también funciones de abuelo.

En su correo, Carmen le pedía a Alejandra que me buscara un hueco entre los communities en horario de tarde. Por las mañanas continuaría con el servicio técnico del grupo. Consideraba que ahí desempeñaba un rol clave para el partido.

Y la verdad, aunque llevaba tiempo sospechando que Alejandra no le hablaba de mi trabajo en el área de comunicaciones —o sea, la que ella dirigía—, fue un mazazo confirmarlo. Alejandra nunca le había contado que yo era su asesor en la sombra. Y cuando esa mañana me dijo que Carmen estaba a punto de ascenderme, se refería a la gestión que había hecho mi padre, no a la de ella que había sido cero. ¡Qué putada!

Me encontraba tan mal que estaba seguro de que nada podría hacerme sentir peor. Mi novia me utilizaba descaradamente y encima había quedado con otro tío para follárselo. Y lo peor era que yo no podía hacer nada por cambiar eso. No se puede forzar el amor. La había perdido y debía encajarlo cuanto antes. Tenía ganas de morirme, algo que parece que solo les pasa a las tías cuando las dejan, pero estaba claro que no solo ellas experimentan ansiedad hasta sentirse morir. Puede parecer contradictorio pero, a la vez que experimentaba esa horrible sensación de ahogo en la garganta y la falta de interés por una vida sin ella, sentía un deseo brutal de venganza. Traté de contenerlo. Yo no soy un mal tío. Sin embargo, ella… ¡era lo peor que me había pasado!

Y en mitad de ese mal rollo mental, reaparecieron las imágenes de su cámara en mi pantalla. Alejandra había sacado el móvil del bolso porque tenía una llamada entrante. Por la cámara trasera vi… ¡al capullo de Alfon sin camisa! Estaba junto a la cristalera del salón, a poca distancia de Alejandra, porque el objetivo solo captaba su asqueroso cuello y tórax llenos de músculos desarrollados en gimnasio. Reía de oreja a oreja conteniendo el sonido. Alejandra le había enseñado la pantalla del móvil con la vídeo-llamada entrante de Carmen. Cuando aceptó la llamada, puso el terminal entre ambos,   de ese modo pude verlos a los dos, por delante y por detrás —como en el juego— en la aplicación remota.

Carmen solo recibía un primer plano de Alejandra. Ignoraba que el otro se estaba enterando de todo. Parecía muy cabreada. Dijo que le estaban montando una movida en el partido. Alguien de su confianza la avisó de que pretendían apartarla de la dirección del PLR.

Alejandra mostró sorpresa y preguntó por la identidad de su confidente. Carmen declinó tratar el asunto telefónicamente y le pidió que fuera a su casa de inmediato. Alejandra asintió, asegurándole que lo haría en cuanto acabara con un asunto familiar que no le iba a llevar más de una hora.

El capullo de Alfon no dejaba de mirarla. ¡Se la comía con los ojos! Alejandra no llevaba el vestido con el que salió de casa, sino una camisola amplia… ¡transparente!

Su imagen desapareció de mi pantalla en cuanto finalizó la vídeo-llamada y soltó el móvil sobre una mesa. Desde ese momento… solo podía ver el techo y oírlos. No soportaba la idea de seguir en directo la retransmisión del polvo, pero no cerré el micrófono. ¡Atracción fatal! En ese momento pensé cosas terribles, sin dejar de repetirme una y otra vez que yo no era una mala persona, que no le haría nada.

Consulté mi horóscopo para ese día. Necesitaba leer algo que me orientase para actuar o no hacerlo. Un consejo que me ayudara a contener la ira. Contar hasta diez no me servía en ese momento y relajarme, menos aún.

La tirada gratuita del Tarot me aseguraba que mi carta del día era “El Carruaje”. Simbolizaba el entusiasmo, la competitividad y el triunfo. El éxito y la victoria que se logran mediante el lado positivo de uno mismo, la fuerza y dominio propio. Mi carta del día representaba el equilibrio de las emociones en conflicto triunfando sobre los obstáculos para alcanzar el camino de la transformación y el conocimiento de uno mismo.

¡Y una mierda!, pensé al oír lo que Alejandra le estaba diciendo a ese cabrón.

More next week…

La semana que viene, más…


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Autor:
Charly García G. (10 noticias)
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